Sin duda el
mejor regalo es poder leer.
He buscado
en mis recuerdos cuándo fue que empecé a leer. Es decir, un momento exacto en
el que yo pueda decir que me hice consciente de que sabía leer.
Mi pasión
por leer y decodificar símbolos empezó gracias a la motivación de mi mami. Ella
me leía cuentos y resultó siendo tan placentero que me volví una hija muy
exigente así que ella decidió enseñarme a leer para que yo le diera una pausa
en mi demanda de su tiempo para leerme historias.
No recuerdo
con exactitud cómo fue el proceso ni cuándo comenzó exactamente, lo que sí
tengo grabado es una memoria que se las comparto.
Era una
mañana y estábamos en el comedor. Por aquel entonces debo haber tenido 5 años
porque fue la época en la que nos mudamos a Huaraz. Ella iba de carreras
preparando algo mientras miraba a mi hermanita en su silla de comer y yo tomaba
mi leche con Milo. La lata estaba frente a mí así que yo leía lo que decía. De
pronto le pregunté, “Ma, ¿Qué significa instantáneo?” Me explicó lo que era y
luego me preguntó qué de dónde había sacado la palabra. Le contesté que estaba
escrita en la lata. Se giró y con una cara de sorpresa me preguntó si podía
leerla. “Sí”, conteste. “Dice instantáneo, mira aquí” No voy a olvidar su
rostro. Dijo que estaba muy orgullosa de mí. La verdad, no entendí por qué tanta
emoción de su parte hasta muchos años después. Fue mi primera evidencia que
leer era algo muy, muy bueno.
En otra, yo
tenía 6 o tal vez 7 cuando un día visitando la casa de una tía encontré un
libro en su cuarto. No tenía ni un solo dibujo y era muy gordo.
Automáticamente, empecé a leerlo. Era una época en la que todo lo que caía en
mis manos, era leído. Nunca preguntaba si era apto, si me daban permiso o si
era apropiado. Yo leía todo, absolutamente todo. Entonces, volviendo a mi
narración, el libro era una historia, empezaba muy interesante, había palabras
raras pero me cautivó. No sé cuánto tiempo leí, sé que llegué a un punto en el
que decidí pararme e ir a pedir el libro prestado, oficialmente, a mi tía. Ella
aceptó y curioso detalle, no preguntó qué libro era el que me estaba dando. Pasaron
unos días y la historia iba de mieles, cada vez más intensa y me costaba
despegarme de él. Supongo que mi mamá debió haber notado que yo pasaba mucho
tiempo con un libro y me lo pidió. Oh sorpresa, resulta que en su opinión, no
era apropiado para mi edad. ¿CÓMO QUE HAY LIBROS QUE YO NO PUEDO LEER? Fue la
primera pregunta retumbando en mi cabeza. Tuvimos la charla de que hay cosas
que se leen y otras que requieren información previa y se pregunta primero.
Ella dijo que no me prohibiría leer nada si primero le contaba que era y ella
me ayudaba a comprender lo que leía. Fue el mejor regalo que me haya hecho en
cuanto a libertad y libros. Jamás tuve que ocultarle nada y ha sido mi mejor
ejemplo de una crianza en autonomía y responsabilidad. Ella siempre se encargó
de proveerme una dotación de libros para mi comprensión y formación, en
cantidad suficiente para que yo no tuviera necesidad de estar hurgando por más.
Por cierto, ocurre que yo había estado leyendo El Exorcista, y dejó que lo
terminara.
Sin embargo,
hubo algunos episodios en mi experiencia de lectora que me generaron castigos o almenos yo los asumí así. Pero no fueron porque anduviera mal académicamente o porque me hubiera equivocado en mi conducta, sino más bien porque leía compulsivamente. Mi mami se preocupaba porque me estaba convirtiendo
en un ratón de biblioteca y no jugaba como todos los demás. Lugar al que iba,
corría en busca de algo que leer. Mis ojos decodificaban todo a mi paso,
letreros, anuncios, cajas de medicina, la posología inserta en ellas, todo
alimento etiquetado, absolutamente todo texto escrito era una atracción.
Recuerdo un castigo peculiar. Ella escondió mis libros y en mi angustia por
encontrar algo que leer di con la biblia. La leí de cabo a rabo. Tal cual. Ella
no me lo prohibió y yo preguntaba cuanta palabra rarita hubiera. Cada historia
que se cuenta en el antiguo testamento es para sorprenderse. Me enamoré del
salmo ese que empieza con “El Señor es mi pastor …” Las penurias de Job son de
telenovela y todas las tribus con sus andanzas y enredos son para llevarlas a
la pantalla. El Nuevo Testamento era más sencillo y cómo la historia de Jesús
estaba también presente en mí día a día con la catequesis, pues se hizo fácil.
Curiosamente me gustó el Apocalipsis. Mi mami decía que ella no lo entendía,
pero creo que no había que tratar de entenderlo, sino de imaginarlo. La mente
de una niña de 8 años proyecta imágenes alucinantes, mejores que cualquier
animación de hoy en día. Mis personajes tenían voz, color, textura, eran
perfectos en mi mente; los escenarios tenían musicalización y efectos
especiales. Desconozco el tiempo que me tomó leer todo, pero vaya que lo
disfruté. Fue un castigo que, valgan verdades, me vino de a pelo.
Gracias a la
lectura, mis relaciones interpersonales eran, digamos, diferentes a las de los
demás niños. Los adultos solían decir que yo hablaba como vieja y es que de
tanto leer las palabras se te pegan. En las reuniones yo terminaba conversando
con ellos sobre algún libro o tema que me gustara. Los adultos siempre me
maravillaban por la cantidad de cosas que sabían, eran como cajas mágicas de
conocimientos. A cuál más interesante. Yo pasaba los días rogando a las
personas que me cuenten historias que habían leído o escuchado. En algunos
casos me sugerían algo en específico y lo que más les gustaba era que yo pedía
ir a sus casas a leer. Cada familia solía tener una biblioteca, y que me dejen
ir a revisarla, pues era como darme caramelos. Los adultos siempre preguntaban
por qué me gustaba tanto leer, que quién me había enseñado. Si bien mi mami me
enseñó, mi papá siempre ha sido mi mayor referente en lectura. No hay un solo día
que no lea. Yo lo recuerdo siempre leyendo. Si no entendía algo, se lo
preguntaba a él, o a mi mamá. Me asombra la cantidad de expresiones y el léxico
de mi padre. Me dio a mi mejor amigo, un diccionario Sopena. Era color beige. Aún
recuerdo el olor.
Mi niñez
trascurrió entre colecciones enteras, sino mías, en su mayoría prestadas
gracias a la generosidad de amigos que me permitían ir a leer a sus casas. En
particular mi gusto estaba centrado en todo lo que era ficción. Novelas de
misterio y si narraban sobre algún mundo que mi mente aún no había concebido,
pues me enganchaban con rapidez. La ciencia siempre fue mi pasión así que
cuando mis papis me regalaron la colección de Julio Verne, mi corazón estaba
como caballo desbocado. Eran más de 20 libros gruesos, con una tapa roja dura y
el color de las hojas no era blanco sino más bien oscuro. Un detalle que hace
que la vista descanse.
En una
ocasión descubrí en la casa de mi mejor amiga, que a su papá le gustaba el
investigador Harry Dickson y sus historias fantásticas. Yo había leído uno de
sus libros y encontrar que había alguien con una colección completa me cayó del
cielo. Creo que mi amiga estuvo celosa de mí por un tiempo porque secuestré a
su papá y sus libros hasta que terminé de leerlos.
He vivido
intensamente cada página de “Corazón”, lloré con la historia de “Los Apeninos a
los Andes” que narra la historia de Marco, sí ese mismo, el de los dibujitos.
Yo lo leí mucho antes que saliera la serie de TV. La Serie Mujercitas y
Hombrecitos me encantaron por sus valores y me ayudaron mucho a entenderme a mí
misma.
La
adolescencia fue dedicada a ciencia ficción. Primero Julio Verne, luego una
serie de libros españoles que mi mami consiguió y en los cuales el lector puede
decidir hacía dónde va la historia al escoger qué desenlace toma. Te indica a
qué página debes ir y los finales cambian de acuerdo a tus preferencias. Alternaba
mis espacios sin colecciones leyendo literatura universal, que por cierto era
parte del plan lector en el colegio. La Divina Comedia me escogió a mí y no al
revés. Quedé última en el reparto de libros y ese fue el que me tocó en el
curso de Literatura. Cambió mi manera de pensar. También leí historias sobre
extraterrestres, vida en otros planetas, viajes interplanetarios y en el
tiempo. Todo era material para cuestionarme sobre el mundo real, sobre el
futuro, el pasado y mi deseo de poder comprender las razones de por qué el
autor había escrito el libro, siempre me gusta hacer un perfil del escritor a
medida que leo. Cada libro dice algo de su vida personal, sus experiencias y su
psicología. Es como hacer un profile basado en las evidencias que tienes.
La
Universidad me regaló a Herman Hesse, Richard Bach, al Principito y otros tantos. Libros y
autores que derribaron mis estructuras mentales. Me guiaron a desaprender,
reaprender y construirme de nuevo. Para aquel entonces ya había leído los
anales completos de casos penales y los juicios que les siguieron en las
revistas jurídicas que recibía mi papi. Todas las series completas de CSI,
Criminal Minds y otras se quedan chiquitas frente a los casos reales que yo
leí. Al llegar a los 18 ya estaba convencida que la mente humana puede ser un
lugar muy siniestro y macabro o bien puede ser una fuente inagotable de
creatividad.
Poder leer
en inglés fue cómo volver a ser niña. Comprender a un autor en su idioma natal
es otra cosa. Empecé de nuevo con ficción. Philip Pullman me conquistó con sus
mundos paralelos y su punto de vista tan incisivo sobre la libertad. Volví a
leer algunos clásicos pero esta vez en inglés. El fantasma de Canterville me
hizo llorar y los cuentos de Allan Poe fueron geniales. He leído de todo,
libros que toman tiempo digerir y libros que son como la comida rápida, son ricos,
llenan pero no nutren. Divierten y se consumen solo de vez en cuando.
Mis hijos
han sido un deleite único. Supongo que verme leer causó el mismo efecto en
ellos, que mi padre en mí. Leí todos los planes lectores que les tocó y cada
viaje a Lima era visita obligada a conseguir libros. Creo que lo más extremo
que me ha pasado con ellos es escucharles decir “ma, tenemos hambre, llevas horas leyendo, ¿nos
cocinas algo?”
He disfrutado las tardes de lluvia cuando al no poder salir a
corretear, leían. Son un recuerdo maravilloso, los libros, mi taza de café y nosotros.
Una razón más para amar la lluvia.
Mi hijo y yo
compartimos la afición por libros “raritos”, de esos que lees y te sacuden la
mente por completo. Me fascina que él me recomiende algún libro. Sé que tengo
que leerlo. Mi hija y yo hemos leído
historias de mujeres en diferentes situaciones y a cuál más motivadora, recuerdo una en
particular que me dejó el alma de madre medio rota, “Nunca Olvides que te Amo”.
Ella siempre me ha dado autores que me sensibilizan y me dan la oportunidad de
encontrarme con mis emociones. Mi hijo me da libros que retan mi mente.
El internet
es un cambio más en mi relación con la lectura. Así como leer en otro idioma,
navegar la web es embriagador y a veces uno puede perder el rumbo. No importa
la edad que se tenga, hay que tener una buena ancla si se quiere volver a
puerto seguro. Ahora leo muchos textos sobre ciencia y descubrimientos, sobre
pedagogía, cosas raritas que parecen buscarme y llegan ante mis ojos. También
alterno con lectura más extensa y le sigo el paso a Dan Brown. Me encanta la
manera en la que enlaza hechos reales en historias irreales. Quien no puede
distinguir ese pequeño detalle termina todo enredado creyendo lo que no es porque te habla de algo que sí es.
Leo mucho
sobre lo que pasa en el mundo, en otras culturas, en otros mundos diferentes al
mío. Aprendo a cada instante con seres humanos que no conozco pero a los que
leo en las redes y me enriquecen como persona. Este siglo es maravilloso, me
estremece hacerme consciente que nunca tendré el tiempo suficiente para leer
todo lo que quiero en esta existencia.