Creo que
estaba en primero de secundaria cuando le comuniqué a mis papis que quería
aprender a tocar el piano.
Al principio
mi papá sugirió que mejor fuese la guitarra, pero eso de abrazarse al
instrumento y rasgar no es mi estilo.
Yo prefiero
deslizar mis manos suavemente o con fuerza sobre el teclado.
El piano,
visualmente me enamoró. Sus teclas blancas y negras, agrupadas armónicamente de
7 en 7 me parecieron siempre algo estéticamente balanceado.
Recuerdo que
luego de pequeños tira y jala, mis papis, como siempre aceptaron mi pedido.
Empecé mis lecciones de piano en el Instituto Nacional de Cultura.
La única sala
de estudio para ese instrumento era minúscula para tanto chico. Las clases se
daban de tarde. La habitación era casi un cuadrado. El piano apoyado en una de
las paredes. Una mesa larga en el centro y sillas a todo el contorno.
Nos
sentábamos por orden de llegada y cual cola en el banco, íbamos avanzando una
posición a la vez hasta llegar al piano.
Un sistema
que en mi forma de ver las cosas, era la manera de probarnos en la paciencia.
Sólo aquellos que amábamos la música y el piano tanto como para esperar HORAS
por un turno de 20 minutos, continuábamos año tras año.
El tiempo de
espera no se desperdiciaba, repasábamos las partituras, con voz muy bajita uno
le enseñaba al otro. La imaginación era fértil. Poníamos las manos sobre la
mesa e imaginábamos que era el teclado y seguíamos la partitura, llevando el
compás y ritmo en la mente.
Los
compañeros observaban y corregían las posiciones de los dedos o si una nota se
tocaba mal. Ahora que lo pienso, debíamos ser un cuadro ALUCINANTE. ¿Cómo dos
cerebros se conectan al punto de IMAGINAR lo mismo, OIR lo mismo y PERCIBIR la
misma cadencia? Trabajo para los
psicólogos y neurólogos.
Mi profesor
era un ángel. Robusto, corte de cabello a lo militar y una paciencia de SANTO.
Hora tras hora enseñando a todos los chamacos y adolescentes que aporreábamos
al pobre piano. Su delicadeza era tal que al tocarnos para corregir postura, se
sentía una calidez única.
Tenía una
batuta con la que nos daba pequeños golpecitos en los dedos cuando errábamos la
nota o usábamos el dedo equivocado para tocar la tecla. También nos daba un
ligero empujoncito con la batuta en el codo para indicar que se nos estaban
colgando los brazos y solía decir “DERECHA” para volver a sentarnos
correctamente y evitar dolores posteriores.
De él aprendí
sobre perseverancia, paciencia y amor por lo que se hace.
Mis momentos
favoritos eran cuando tocábamos a cuatro manos o él me mostraba cómo debería
sonar la pieza que yo estaba estudiando. Un deleite para el alma.
La música es
matemática. Desde el principio lo tuve claro. Todo está organizado con precisión
y exactitud. En música no hay error. La nota es la nota. Es exacta, como las
mates.
Si te
equivocas en tocar un tono, ya no suena la melodía que quieres. Por lo tanto
debes ser preciso, exacto en duración e intensidad también. Eso me educó en la
exactitud. En saber decir y hacer las cosas con exactitud. No es fácil aplicarlo
al día a día. Aún sigo haciendo el estudio de mi vida en ese aspecto.
Volviendo al
piano, había pasado ya un tiempo y yo era capaz de tocar melodías completas, a
veces cortas y a veces largas, de varías páginas (a la partitura me refiero).
Un buen día descubrí algo ALUCINANTE.
Me percaté
que cuando ya había estudiado una pieza lo suficiente y la conocía literalmente
de memoria, mis dedos conocían tan bien dónde colocarse que ya no tenía que
leer la partitura. Es más, lo raro era que yo me hacía consciente de estar
tocando solo al inicio y al final de la melodía. El resto del tiempo estaba en
otro mundo, flotando, soñando, disfrutando de mi propia interpretación,
sintiendo y vibrando como en el limbo. Al final de cada melodía era una especie
de aterrizaje. En buenos términos, podría decir que “yo estaba en pleno viaje”
con cada tema. Algunos viajes eran mejores que otros.
Luego de esa
observación hice mis propias investigaciones. Siempre lo mismo. Esa experiencia
de plenitud se repetía siempre. Me sentía en la gloria.
Luego le
siguió otro aprendizaje. Me di cuenta que ni bien empezaba a tocar, mi cerebro
procesaba números. Las notas en la escala equiparaban a los números pares e
impares. Estos últimos eran mis favoritos. No sé por qué. Nunca lo sabré, pero
los números impares me hacían sentir bien.
1, 3, 5, 7. Do, mi, sol, si. Una pieza musical se podía escribir con
números.
En realidad
una partitura es un lenguaje numérico en mi forma de ver la música. Todo está
presentado para seguir una secuencia. Hasta es como la geometría si lo miramos
bien. El pentagrama con sus líneas y espacios, los pequeños cuadrantes que se
van formando, los quebrados usados para indicar el compás, la alineación de las
figuras musicales, etc. TODO ES MATEMÁTICA.
La música y
la matemática son el lenguaje universal. Una partitura o una función matemática
pueden ser leídas por igual en español, inglés, francés, chino o cualquier
idioma del mundo. Es el lenguaje del universo.
Pero vamos al
piano, tiendo a desvariar – sorry. Mi gusto por el piano era tal que pronto
estaba yo en mi casa, sobre la mesa del comedor, alucinando mi propio teclado.
Mi mami se
sintió tan conmovida por mi actitud que convenció a mi papi que tenían que
comprarme un piano.
Bueno, no uno
de verdad. Era uno eléctrico, pero tenía un mueble y un pedal. Aquí entre nos,
mi sueño siempre fue tener un piano blanco de cola.
Mi papito
invirtió un dinero ahorrado o era un pago por sus años de servicio, no lo
recuerdo bien, pero sí sé que no era poco y que mi familia no era de hacer
gastos innecesarios. Fue uno de los mejores regalos de mi vida y me sentí muy
feliz de poder darle uso en casa.
Mi papi se
sentaba en su escritorio a leer y me escuchaba mientras yo
practicaba durante horas, antes de un concierto.
Desde allí me
guiaba: “vas muy rápido, respeta el compás, nadie te persigue”; “más emoción,
suave”; “ya pues vejez, estás tocando o estás aporreando al piano”. Cuando
guardaba silencio al yo tocar la última nota, entonces, solo entonces lo sabía.
Lo había logrado. La pieza estaba aprendida.
Las horas
cuando uno toca, no se sienten, se disfrutan.
A veces me despertaba de mi trance y ya era de noche.
Mis años de
secundaria los disfruté al máximo. Colegio durante el día, travesuras y
rebeldía del máximo nivel. Desmadres con el grupo scout los fines de semana.
Clases extras de todo lo que se me ocurría pedir, libros y salidas a patinar
con los amigos todo el tiempo, El club de marinera, la casa y sus quehaceres y mi
piano. Mi día empezaba a las 4 am para poder seguir ese ritmo.
El piano me
ayudó a llevar mi adolescencia con equilibrio y aprendí lo que nadie puede
enseñarte, solo la música: la vida es una partitura. Si la ejecutas bien,
sonará como los dioses.
He
interpretado diferentes melodías, clásicas y modernas. Pero ésta en particular
me gustaba mucho. Se la dedico a mi profesor Silvestre. Así se apellidaba ese
hombre que me ayudó a encontrar mi camino con el piano y en la vida.
The Godfather
soundtrack.
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