Sunday, February 18, 2018

Lecciones con escobilla, trapo y betún.



Por Diana Denisse

“A ver” me dijo con su voz calmada.  Me sentí avergonzada y con pena de mostrar lo que había escondido bajo la cama.  Estaba ansiosa y triste. Tenía miedo de su desaprobación y que sintiera que lo había decepcionado.

Ahora puedo ponerle nombre a esas emociones que a los 5 años embargaron mi corazón y que mi papi supo leer, comprender y enseñarme a manejarlas.

Al ver mi cara de poco convencimiento y notarme insegura, se agachó para mirar. Levantó la vista invitándome a que fuera yo quien tomara la iniciativa de sacar mi secreto a la luz. Sentí que bien él podía tomar lo que estaba allí pero quería que yo lo hiciera y superara mi frustración y miedo.

Funcionó. Lentamente saqué lo que me causaba vergüenza y había ocultado para que mi mami y él no vieran el desastre, que según yo había hecho.

Casi con cara de súplica para que me perdonara por lo que yo consideraba un fiasco total, le alcancé mis zapatos de uniforme lustrados por mí misma.

Desde mi perspectiva, eran una pelmaza que no tenía solución. Estaba totalmente insatisfecha con el producto final, se veían grasientos y se sentían pegajosos. Hasta tenían pequeños pedacitos de betún negro que no logré esparcir con la escobilla.

Mi papito los sostuvo y plantó una sonrisa que me descuadró por completo. Yo esperaba una opinión negativa sobre lo que veía y en lugar de eso parecía totalmente satisfecho y contento.

¿Por qué los escondiste? Me preguntó. Le respondí que mis zapatos estaban feos y que no había logrado lustrarlos como él lo hacía.

Su respuesta me acarició el alma. “Bueno, yo llevo muuuuuchos años lustrando zapatos. Tampoco sabía hacerlo al principio. Es tu primera vez, ya vas a aprender. Además, lo intentaste tú sola y eso es bueno”

Dijo que no tenía que molestarme ni avergonzarme si las cosas no salen bien a la primera, que con práctica todo se logra.

No hubo besos ni abrazos melosos. Mi papito no era de dar grandes discursos ni muchos apapachos. Además recuerdo perfectamente que vestía su “uniforme”. O sea llevaba el terno, camisa y corbata con que yo relacionaba a su ropa para ir a trabajar y que lo hacía verse tan formal e intelectual. Mis manos sosteniendo mis zapatos grasientos no eran la mejor opción para tocarlo.

Sin embargo lo que hizo después me reconfortó más que un abrazo y me dejó una lección de vida sobre cómo un padre debe actuar frente al fracaso de los hijos. Porque para mí, ese día yo sentía un desasosiego total por no haber logrado lo que me propuse.  Para mí, eso era un fracaso total.

Trajo la caja para lustrar zapatos en la que teníamos muchas latas y latitas de betún de distintos colores. Había escobillas de diferentes tamaños. También tenía retazos de tela suave para sacar el brillo y claro, estaban manchadas por los colores del betún.

Esa caja me dio ratos agradables porque me gustaba ordenarla, por supuesto que mi esfuerzo duraba poco pero mi cerebro siempre ha sentido cierto deleite en clasificar por tamaño, forma y sobretodo encontrar diversos criterios para acomodar cosas, así que lo hacía periódicamente.

Y bueno, volviendo a mi relato. Mi papi se quitó el saco, arremangó sus puños y se dispuso a arreglar el desastre.

Debo añadir que me sorprendió ver que no iba a cambiarse de ropa para hacerlo, entonces me puse muy contenta porque sentí que mi dilema era lo suficientemente importante para que él se apreste a solucionarlo de inmediato.

Me senté al borde de la cama para mirar cómo lustraba. Cuál no sería mi sorpresa cuando me miró y dijo “¿Qué esperas? Agarra tus zapatos”

Yo no salía de mi asombro, entre mí pensaba “¿Qué, no lo vas a solucionar? Eres mi papá. Se supone que tú me das las soluciones”

Entonces ocurrió la enseñanza. Se quitó los zapatos, abrió la lata de betún, me alcanzó una escobilla y él tomó otra. “Te voy a enseñar, lo hacemos juntos”

Me explicó detalladamente el proceso, los trucos y lustramos juntos nuestros zapatos. Tuvo la paciencia de esperar a que yo quedara satisfecha aunque repetí varias veces algún paso y comparara mis zapatos con los de él.

Calculo que tomó buen tiempo estar allí lustrando los zapatos, eso significa que si él llegaba como a las tres de la tarde, pospuso su almuerzo aún más para darme su tiempo y ese es el mejor regalo  que he recibido de mis padres. Tiempo.

Mis zapatitos, porque siempre fui retaca y mis zapatos también, quedaron brillantes como yo quería. Estaba orgullosa de mí misma y feliz de que mi papito en persona me había enseñado. Hasta ese momento él era mi gurú en esos menesteres. Me sentí tan contenta de haber logrado por mí misma que ese par de zapatos lucieran bien.

Ese día aprendí mucho más que solo lustrar zapatos, que por cierto lo he hecho con gusto desde entonces. La gran lección fue que no debía esperar a que mis padres solucionaran mis problemas. Tenía que hacerlo yo sola, pero ellos estaban allí para mostrarme cómo hacerlo, para acompañarme y darme ánimo. Puedo decir que a lo largo de los años, mis padres me han dado sesiones de superación con su ejemplo. He recibido sus opiniones y experiencias para que yo pueda sacar brillo de una situación problemática y continuar. Jamás me he sentido juzgada ni criticada por equivocarme, al contrario. Tengo casi 50 años y ellos siguen enseñándome a lustrar mi vida.

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