Wednesday, March 7, 2018

El Cochino y yo.

Aquí me tienen, más o menos 8 años. Llorando desconsoladamente por el dolor que siento en la espalda, piernas, brazos y mi rostro.
"Odio la playa. Detesto el verano en Lima"

15 años. Tendida en la cama, boca arriba. Aguantando nuevamente el dolor. Sintiendo cómo las rodajas de tomate van secándose sobre mi rostro y deseando que llegue pronto la lluvia.
"Odio a las malditas monjas que nos hacen desfilar cada domingo, detesto esto de la escolta"

El cochino sol y yo no tenemos buenas relaciones. 
Empecé a llamarlo así debido a nuestros desencuentros.

Desde que recuerdo siempre ha sido lo mismo. Insolación tras insolación.
Claro, a muchos les parece una exageración, pero cuando no naciste con la pigmentación apropiada para soportar los rayos solares a 3,300 metros de altura, en una ciudad donde los nevados actúan como espejos y una radiación solar que siempre excedió los límites permitidos; el sol, el inti, ese que permite la vida en el planeta, se convierte en EL COCHINO SOL.

Y, debo mencionar, en los 70 y 80 ese producto blanquecino, que parece pasta dental y te colocas en la piel para protegerla; NO existía.
Ahora lo encuentras en versión bebé, adulto y también en aceite, spray, crema, barra, etc. Viene con factor de protección 40, 50, 60, no sé si hay más y si existe, ya no le creo.

Quienes hayan pasado por mi tortura, han de conocer la larga lista de brebajes, menjunjes, pócimas y artilugios pensados para ayudarte con la insolación.

Ni siquiera habían lentes oscuros. Los que ví eran los de los guias de alta montaña y costaban una fortuna.

Mi madre siempre tenía algún nuevo aditamento para protegerme del sol. En principio el sombrero, mangas largas y esconderse lo más pronto posible. Los árboles, aleros, un cuaderno, lo que fuera, servía muy bien para cubrirme.

Yo era de las que al levantarse, lo primero que hacía, era mirar por la ventana y al ver el cielo azul con tanto brillo solar a las 7 am, me sentía como Ridrick en su planeta. Lista para correr antes de quedar calcinada.

La adolescencia me alivió un poco el peso de las insolaciones porque al menos me divertía mucho en los scouts, los paseos, los campamentos y demás. 
Aún así era inevitable regresar insolada, con algún tobillo dislocado y bronquitis. 
Y lo que puedo decir a mi favor es que REALMENTE ME DIVERTÍA.

Las peores experiencias las tuve en los absurdos desfiles patrióticos. Un legado de la época militar en el país. Jamás entendí el objetivo. Lo que sí tengo grabado es ver cómo el sol se iba acercando poco a poco hasta donde nos encontrábamos y finalmente NOS ACHICHARRABA LA CABEZA Y LOS OJOS.

Siempre me sentí muy identificada con la escena de la muerte de Claudia y Madelaine en "Entrevista con el Vampiro"

Con la madurez, simplemente aprendí a vivir tomando medidas que me evitaran estar en contacto con el cochino por mucho tiempo. Todo eso hasta que llegó el 2008, año en el que por razones que desconozco mi metabolismo decidió ponerse especial y me mostró que tres días pueden convertirse en una pesadilla.

Entonces y previos exámenes médicos, encefalogramas, pasarme por el tubo para escanear mi cerebro y demás, concluyeron  que lo mío era migraña. En otras palabras "mira, no sabemos que lo causa, te aguantas y sigues tu vida normal porque la medicina convencional tiene otros problemas más importantes que resolver" 

Un médico tuvo el mejor consejo, me dijo que solo yo podría descubrir los detonantes y que debería ir descubriendo poco a poco que coctel de pastillas me hacía mejor.
Le agradezco porque me puso en el camino de una vida más saludable. Y qué creen, el cochino aparece arriba, con letras brillantes y música incidental en el top de los detonantes de mi migraña.
Un día de sol, brillo intenso y temperatura que supere los 20° es definitivamente una invitación para que la migraña empiece.

¿Cómo se vive con eso? pues de la misma manera que otros millones de personas lo hacen. Lentes oscuros, bloqueador, sombrero, cortinas dobles, un estado de ánimo a prueba de todo y la férrea resolución que nada me detendrá. 

Los hijos ayudan mucho. Ya saben que su madre es medio quiñada y cuando les digo que estoy adolorida me ayudan. Mantienen más baja la voz y evitan todo tipo de ruido, en casa las luces jamás se encienden de sopetón, me dejan descansar y siempre me están preguntando que más pueden hacer. Su paciencia y cariño ya es bastante apoyo.

Gracias a un buen sistema, metódico y de anotaciones, he logrado conocerme y saber qué alimentos evitar, cómo enfrentarme al cochino cuando no me queda opción (por ejemplo las actividades del trabajo) y sobretodo JAMÁS SALGO SIN MI DOTACIÓN DE DRUGS.  Con todo eso los episodios se han espaciado hasta lograr pasar meses sin una crisis.

Pero no todo ha sido desencuentros con el cochino. También han habido momentos agradables. 
Uno que recuerdo con cariño, es que para sorpresa mía el único antojo que tuve en mi primer embarazo fue "antojo de sol"
Sí, el cochino. Mi cuerpo lo pedía con desesperación. Asi que pasé horas bajo el sol, con sombrero y deleitándome con esa sensación de que algo estaba ingresando en mi sistema y que parecía ser muy necesario.

La segunda vez, fue experimentar cómo el sol te acaricia la piel, suave y delicadamente. Sentir su calorcito, caminar sin protección y sentir que es como una compañía calentita pero que no lastima. Fue 2012, el verano en Europa del este. El ángulo en que los rayos impactan sobre la tierra es totalmente diferente a los que se reciben en el ecuador y eso hace que el sol sea muy gentil y realmente se pueda disfrutar de él.

Sé que la vida no sería posible sin el cochino y aún cuando me aterra salir a su encuentro, en el fondo lo quiero tanto como cualquier humano que sabe que es la causa de que estemos aún aquí.
Claro que prefiero los días nublados, mejor si llueve y mucho, los días grises me encantan, la neblina me fascina y mi momento preferido es tanto el amanecer como el atardecer. Allí el cochino no lastima y el cielo se pone de colores muy lindos.

Termino pidiendo que si alguien en su entorno también tiene sus rollos y encontrones con el Sr. Sol, pues denle su apoyo y si peor aún, sufre de migraña, hagan el esfuerzo de adaptar su vida para hacerle los días más fáciles. No se resientan si les niegan una salida a la playa o no se emocionan hasta las lágrimas cuando llega el verano en la costa. 

Lo más bonito, sería que de cuando en cuando hagan cosas por la noche y que al escucharnos decir que adoramos la lluvia y los días nublados no nos miren con cara de "qué creepy eres".

Foto de la Plaza de Armas de Huaraz por Jaime Palma Huerta.

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