Recorrer los eventos de la niñez es un acto divertido
y a la vez sanador. Hay pasajes de la vida que requieren una y otra revisión
para llegar a su total comprensión.
Curiosamente,
no es hasta que volvemos a contemplar lo vivido que caemos en cuenta de más
detalles y nuevos aprendizajes afloran.
Aquí
las restantes mini historias que completan las 13 ofrecidas.
8.
Las rampas son para carros, no para gente.
Lección: Piensa dos veces antes
de caminar.
En el colegio se preparaba el desayuno cada mañana y
el profesor nos pidió que lleváramos vasos o tazas para servirlo. No recuerdo
exactamente cómo ni por qué terminamos caminando a la casa de una amiga a
recoger los vasos.
Ella vivía en una casita de interés social muy
parecida a la mía y la casa de al lado tenía una rampa de cemento pulido que
daba acceso a una cochera.
Tomé dos pilas de vasos, una en cada mano y salimos.
De pronto puse el pie sobre la rampa y recuerdo que se sintió como una
resbaladera muy pulida. Zass!
Vi los vasos en el aire y luego el golpe seco.
Si alguno de ustedes se ha caído de poto, comprenderá
mi dolor. Ni siquiera me salió el grito. Solo me quedé tendida en la rampa
mientras mis amigas corrían a levantarme y yo entre señas les decía que no me
toquen.
Mi espalda estaba hecha leña. Poco a poco pude girar y
decirles que no me levanten y me dejen tirada. “no me recojan, no me recojan”
repetía tomando aire.
Ellas y yo eventualmente empezamos a reír. Supongo que
era un cuadro cómico. Una niña desparramada en el piso pidiendo que no la
levanten y muchos vasos desperdigados. Por suerte eran de plástico.
Estuvimos sentadas en la vereda un buen rato hasta que
sentí que ya podía caminar. Ellas me contaban una y otra vez como volé y caí
cual zapallo azotando el piso.
Desde ese día JAMÁS pongo un pie en las rampas.
Siempre lo pienso dos veces y prefiero rodearlas.
9.
Una sola chupada.
Lección: Pon atención a las indicaciones
y respeta los acuerdos.
Vivía en la ciudad de Caraz y estudiaba en el jardín
de infancia. Una tarde mis papás fueron a recogerme y conversaban con la
profesora. Mientras tanto una amiga mía se acercó con un caramelo de paleta de
esos coloridos y que parecen sacados de película psicodélica.
Le pedí que me invitara y me lo entregó. Yo, como toda
niña golosa, salí encantada con mi paleta y nos fuimos a jugar.
Al rato, estaba yo con mis papás cuando llegó mi amiga
muy molesta y me reclamó por su paleta. Mi cara de asombro y signo de
interrogación debió darle indicios que ya no había más paleta. Me la comí toda.
Después de todo ella me la dio.
Su enojo era tan grande que empezó a llorar y murmurar
y entre las cosas que decía la frase “yo le invité una sola chupada” se repetía
una y otra vez.
Mi papi la consoló y ofreció comprarle otra paleta.
En casa me sentaron y pidieron explicar el evento. Me
dejaron en claro dos cosas: jamás se invitan chupadas porque te puedes
contagiar de cosas muy raras y luego te enfermas y PON ATENCIÓN A LAS
INDICACIONES Y ACUERDOS.
Si el trato era una chupada, pues debí cumplir con él.
10. Las gitanas roba mamás.
Lección: No creas todo lo que
oyes.
Fue en la misma ciudad Caraz, que un buen día la
comidilla en el jardín de infancia era que habían llegado los gitanos. Las
niñas decían que eran mujeres muy malas que se robaban a las mamás y nunca más
las volvías a ver. Ya imaginan mi mente que siempre estuvo con los dos pies en
mundo fantasía y nunca en la tierra. Visualicé a mi mamá secuestrada y yo
llorando desconsoladamente. Regresé a casa mirando por todo lado a ver si las
gitanas andaban por allí. Me abracé de mi mamá y le pedí que no salga a la
calle porque las gitanas roba mamás se la iban a llevar. Le causó gracia y me
explicó varias cosas sobre los gitanos. Incluso tuve la oportunidad de verlos
en sus carromatos.
Debo confesar que su manera de vivir me impresionó.
Esa naturaleza errante me pareció y me sigue pareciendo maravillosa. Hoy por
hoy son una raza que me cautiva.
He aprendido que uno debe creer la mitad de la mitad
de lo que se dice de otros y que hay que buscar otras fuentes de información
para tener un mejor panorama de lo que se está hablando.
11. Los perros no son gatos.
Lección: Ser responsable con otra
vida
Todas mis memorias están acompañadas de mascotas y
animales en casa. Los gatos, como todos los que me conocen, saben que son mis
favoritos.
No recuerdo etapas de la vida familiar sin ellos. Es
más, siempre hemos tenido más de uno.
Hemos disfrutado de dinastías completas. Las Tomasas,
los Tito y los Japanese, esto último porque mi hermano descubrió el ánime y
manga y desde entonces los nombres de personajes se multiplicaron en todos los
felinos.
Cuando eres chico, tus aprendizajes se basan en observar
y aplicar, errar y corregir. Ese método tan sencillo me sirvió mucho a mí, pero
creo que a mi pequeña Zuleika, no le hacía gracia.
Luego de haber sido mordida por mi propio perro, mi
relación con esta especie quedó muy dañada. Temblaba cada vez que veía uno en
la calle. No quería que se me acerquen y mis niveles de ansiedad se elevaban
cuando escuchaba ladridos.
Mi mamita tan observadora se dio cuenta y me consiguió
una perrita negra chusquita, pero que lucía como una salchicha. Le puse Zuleika
en honor a un personaje de las mil y una noches, libro de turno.
Lo chistoso con ella es que yo la trataba y esperaba
que se comportara como un gato. Cuando la cargaba ella me lamía y movía la
cola, eso me incomodaba pues yo estaba acostumbrada a ronroneos y enroscadas en
mi regazo.
La pobre se dio algunos porrazos porque yo no
recordaba que era perro y la dejaba caer desde mis brazos esperando a que, como
todo buen gato, cayera de pie, amortiguada y siguiera caminando. Ya imaginarán
a mi pobre salchichón. Solo después del “plop” recordaba que ella no era gato y
le frotaba el cuerpo y me disculpaba.
También recuerdo que mi hermana y yo corríamos
libremente por el patio, saltando y brincando. Con los gatos no había problema.
Ellos eran nuestra sombra y trepaban con nosotras a todo lado, literalmente. La
pobre Zuleika tenía que ser remolcada, jalada, empujada y demás. Su cuerpo
cilíndrico no era para nada elegante y moldeable como el de los gatos que pasan
por cualquier espacio. Poco a poco se hizo parte del clan y también desfiló con
ropas de muñeca igual que los gatos, subió y bajó en canasta o bolsa, aprendió
a caer lo mejor posible que sus pequeñas patas le permitían y ambas nos
acomodamos. Incluso ganamos una competencia en el colegio con algunos pequeños
comportamientos que había aprendido. Lo bonito es que ella me ayudó a superar
mi miedo y sanar psicológicamente. También me confirmó que si bien disfruto de
los canes, mi corazón y mi espíritu son cat lovers.
12. Quiero mi propio camión.
Lección: Lo que no es mío se
respeta.
Vivía en una casita muy acogedora durante mis primeros
años. Recuerdo que tenía escaleras y un patio.
Los amigos de mis papis venían a visitarnos y el hijo
de ellos era mi amigo.
Un día llegó con un camión. Era grande, tanto que
podíamos subir en él. Yo estaba encantada. Jugamos turnándonos para subir y
empujarnos hasta que inevitablemente la visita se acabó y mi amigo se regresaba con su
camión.
Las siguientes visitas no fueron muy amistosas. Mis
ganas de jugar con el camión eran tantas que yo acaparaba el juguete y
prácticamente impedía a su dueño jugar con él. Obviamente las peleas comenzaron
y recuerdo que llegamos hasta los empujones.
Tal vez sean mis primeras memorias de una emoción
negativa, mezcla de ira, decepción y tristeza. Yo no tenía un juguete así, por
lo tanto lo quería todo para mí cuando llegaba a casa.
Frente a la situación, los adultos nos guiaban para
jugar en armonía y compartir, pero la mejor lección me la dio mi mamá cuando me
dijo “Si no te lo quiere prestar, tu
respetas su decisión. Punto”
A los niños no les gusta escuchar cosas así, por el
contrario, lo quieren todo y generó tal frustración en mí que decidí castigar a
mi mamá y no hablarle. Supongo que me duró poco el berrinche. Mi mami no era
mujer que aguante niñas princesita.
Poco a poco entendí que hay que aceptar que no todo
nos será dado.
Un buen día mi papá llegó a casa con un camión para mi
solita. Era rojo y amarillo. La tolva se levantaba y las llantas eran negritas.
Que emoción! Papá dijo que ya había aprendido la lección y merecía mi juguete.
Lo disfruté muchísimo, cargando piedras, jalándolo por el patio y haciendo
carreras con mi amigo y su camión.
13. Hay cosas que no se preguntan.
Lección: Jamás dejes de buscar
respuestas.
Pienso que ser una niña preguntona y cargosa fue un
efecto colateral de leer tanto. Había muchas cosas que quería saber y mis
ansias de aprender eran tales que me convertí en una preguntona compulsiva.
El único detalle es que poco a poco mis preguntas se
fueron haciendo más complejas y estaban por lo general en relación con el libro
de turno.
Para cuando tuve 7 años las preguntas sobre Dios, su
origen, la trinidad, la extraña historia de que era hijo de Dios pero no de
José, el bien y el mal, la creación del mundo, el espíritu santo, la realidad y
la fantasía, etc., rondaban mi cabeza y salían por mi boca.
Mi mamita respondía o me guiaba en mis
cuestionamientos. Libro tras libro iban llegando para buscar mis respuestas.
Las enciclopedias me fascinaban. Parecían contenerlo todo.
Sin embargo mis preguntas teológicas no tenían
respuesta, o en todo caso, las que me iban dando no me satisfacían.
Así ocurrió que empecé anticipadamente mi preparación
en la catequesis con la intención de encontrar mis respuestas. Pasé por diferentes
parroquias.
A los 7 me tocó la primera comunión y a los 8 la
confirmación. Sí. El obispo lo autorizó. Sacerdote tras sacerdote trataban de
explicarme los misterios de Dios.
Leí toda la biblia. No exagero. Toda. Por cierto el
apocalipsis me encantó. Y los libros narrativos del antiguo testamento. La
historia de Job y sus pruebas me sacaron de casillas. Era como una secuencia de
mala suerte.
A esa edad, hay cosas que no se pueden comprender por
falta de experiencia de vida. Eso lo he aprendido después pero los adultos que
me acompañaban no pudieron explicármelo.
Un buen día iba yo con una pregunta fastidiando al
sacerdote de turno y su respuesta me cambió el concepto que tenía de los
adultos. Él dijo “Hay cosas que no se preguntan, solo se aceptan; hay que
tener temor de Dios”.
Algo se murió en mí ese día, creo que la esperanza de
encontrar mis respuestas en las personas, o en algunas de ellas, o la
conciencia de que algunos adultos no tendrían todas las respuestas; no lo sé. Estuve
considerando la situación un tiempo, finalmente seguí preguntando. No me di por
vencida. Allí iba yo de nuevo, buscando, fastidiando. Eventualmente, encontré
mis respuestas o los hilos que me guiarían a ellas. Creo que lo peor que se
puede hacer con un niño curioso es matar su espíritu para aprender, mandándolo
al desvío. Estoy convencida que si aquella persona me hubiese dicho, “no tengo
la respuesta, busquémosla juntos” habría hecho la diferencia. Agradezco sin
embargo que me empujara a seguir siendo rebelde y preguntona, persistente y muy,
muy curiosa.
No comments:
Post a Comment