Monday, June 18, 2018

El Mejor Regalo del Mundo.


Sin duda el mejor regalo es poder leer.

He buscado en mis recuerdos cuándo fue que empecé a leer. Es decir, un momento exacto en el que yo pueda decir que me hice consciente de que sabía leer.

Mi pasión por leer y decodificar símbolos empezó gracias a la motivación de mi mami. Ella me leía cuentos y resultó siendo tan placentero que me volví una hija muy exigente así que ella decidió enseñarme a leer para que yo le diera una pausa en mi demanda de su tiempo para leerme historias.

No recuerdo con exactitud cómo fue el proceso ni cuándo comenzó exactamente, lo que sí tengo grabado es una memoria que se las comparto.

Era una mañana y estábamos en el comedor. Por aquel entonces debo haber tenido 5 años porque fue la época en la que nos mudamos a Huaraz. Ella iba de carreras preparando algo mientras miraba a mi hermanita en su silla de comer y yo tomaba mi leche con Milo. La lata estaba frente a mí así que yo leía lo que decía. De pronto le pregunté, “Ma, ¿Qué significa instantáneo?” Me explicó lo que era y luego me preguntó qué de dónde había sacado la palabra. Le contesté que estaba escrita en la lata. Se giró y con una cara de sorpresa me preguntó si podía leerla. “Sí”, conteste. “Dice instantáneo, mira aquí” No voy a olvidar su rostro. Dijo que estaba muy orgullosa de mí. La verdad, no entendí por qué tanta emoción de su parte hasta muchos años después. Fue mi primera evidencia que leer era algo muy, muy bueno.

En otra, yo tenía 6 o tal vez 7 cuando un día visitando la casa de una tía encontré un libro en su cuarto. No tenía ni un solo dibujo y era muy gordo. Automáticamente, empecé a leerlo. Era una época en la que todo lo que caía en mis manos, era leído. Nunca preguntaba si era apto, si me daban permiso o si era apropiado. Yo leía todo, absolutamente todo. Entonces, volviendo a mi narración, el libro era una historia, empezaba muy interesante, había palabras raras pero me cautivó. No sé cuánto tiempo leí, sé que llegué a un punto en el que decidí pararme e ir a pedir el libro prestado, oficialmente, a mi tía. Ella aceptó y curioso detalle, no preguntó qué libro era el que me estaba dando. Pasaron unos días y la historia iba de mieles, cada vez más intensa y me costaba despegarme de él. Supongo que mi mamá debió haber notado que yo pasaba mucho tiempo con un libro y me lo pidió. Oh sorpresa, resulta que en su opinión, no era apropiado para mi edad. ¿CÓMO QUE HAY LIBROS QUE YO NO PUEDO LEER? Fue la primera pregunta retumbando en mi cabeza. Tuvimos la charla de que hay cosas que se leen y otras que requieren información previa y se pregunta primero. Ella dijo que no me prohibiría leer nada si primero le contaba que era y ella me ayudaba a comprender lo que leía. Fue el mejor regalo que me haya hecho en cuanto a libertad y libros. Jamás tuve que ocultarle nada y ha sido mi mejor ejemplo de una crianza en autonomía y responsabilidad. Ella siempre se encargó de proveerme una dotación de libros para mi comprensión y formación, en cantidad suficiente para que yo no tuviera necesidad de estar hurgando por más. Por cierto, ocurre que yo había estado leyendo El Exorcista, y dejó que lo terminara.

Sin embargo, hubo algunos episodios en mi experiencia de lectora que me generaron castigos o almenos yo los asumí así. Pero no fueron porque anduviera mal académicamente o porque me hubiera equivocado en mi conducta, sino más bien porque leía compulsivamente. Mi mami se preocupaba porque me estaba convirtiendo en un ratón de biblioteca y no jugaba como todos los demás. Lugar al que iba, corría en busca de algo que leer. Mis ojos decodificaban todo a mi paso, letreros, anuncios, cajas de medicina, la posología inserta en ellas, todo alimento etiquetado, absolutamente todo texto escrito era una atracción. Recuerdo un castigo peculiar. Ella escondió mis libros y en mi angustia por encontrar algo que leer di con la biblia. La leí de cabo a rabo. Tal cual. Ella no me lo prohibió y yo preguntaba cuanta palabra rarita hubiera. Cada historia que se cuenta en el antiguo testamento es para sorprenderse. Me enamoré del salmo ese que empieza con “El Señor es mi pastor …” Las penurias de Job son de telenovela y todas las tribus con sus andanzas y enredos son para llevarlas a la pantalla. El Nuevo Testamento era más sencillo y cómo la historia de Jesús estaba también presente en mí día a día con la catequesis, pues se hizo fácil. Curiosamente me gustó el Apocalipsis. Mi mami decía que ella no lo entendía, pero creo que no había que tratar de entenderlo, sino de imaginarlo. La mente de una niña de 8 años proyecta imágenes alucinantes, mejores que cualquier animación de hoy en día. Mis personajes tenían voz, color, textura, eran perfectos en mi mente; los escenarios tenían musicalización y efectos especiales. Desconozco el tiempo que me tomó leer todo, pero vaya que lo disfruté. Fue un castigo que, valgan verdades, me vino de a pelo.

Gracias a la lectura, mis relaciones interpersonales eran, digamos, diferentes a las de los demás niños. Los adultos solían decir que yo hablaba como vieja y es que de tanto leer las palabras se te pegan. En las reuniones yo terminaba conversando con ellos sobre algún libro o tema que me gustara. Los adultos siempre me maravillaban por la cantidad de cosas que sabían, eran como cajas mágicas de conocimientos. A cuál más interesante. Yo pasaba los días rogando a las personas que me cuenten historias que habían leído o escuchado. En algunos casos me sugerían algo en específico y lo que más les gustaba era que yo pedía ir a sus casas a leer. Cada familia solía tener una biblioteca, y que me dejen ir a revisarla, pues era como darme caramelos. Los adultos siempre preguntaban por qué me gustaba tanto leer, que quién me había enseñado. Si bien mi mami me enseñó, mi papá siempre ha sido mi mayor referente en lectura. No hay un solo día que no lea. Yo lo recuerdo siempre leyendo. Si no entendía algo, se lo preguntaba a él, o a mi mamá. Me asombra la cantidad de expresiones y el léxico de mi padre. Me dio a mi mejor amigo, un diccionario Sopena. Era color beige. Aún recuerdo el olor.

Mi niñez trascurrió entre colecciones enteras, sino mías, en su mayoría prestadas gracias a la generosidad de amigos que me permitían ir a leer a sus casas. En particular mi gusto estaba centrado en todo lo que era ficción. Novelas de misterio y si narraban sobre algún mundo que mi mente aún no había concebido, pues me enganchaban con rapidez. La ciencia siempre fue mi pasión así que cuando mis papis me regalaron la colección de Julio Verne, mi corazón estaba como caballo desbocado. Eran más de 20 libros gruesos, con una tapa roja dura y el color de las hojas no era blanco sino más bien oscuro. Un detalle que hace que la vista descanse.
En una ocasión descubrí en la casa de mi mejor amiga, que a su papá le gustaba el investigador Harry Dickson y sus historias fantásticas. Yo había leído uno de sus libros y encontrar que había alguien con una colección completa me cayó del cielo. Creo que mi amiga estuvo celosa de mí por un tiempo porque secuestré a su papá y sus libros hasta que terminé de leerlos.
He vivido intensamente cada página de “Corazón”, lloré con la historia de “Los Apeninos a los Andes” que narra la historia de Marco, sí ese mismo, el de los dibujitos. Yo lo leí mucho antes que saliera la serie de TV. La Serie Mujercitas y Hombrecitos me encantaron por sus valores y me ayudaron mucho a entenderme a mí misma.

La adolescencia fue dedicada a ciencia ficción. Primero Julio Verne, luego una serie de libros españoles que mi mami consiguió y en los cuales el lector puede decidir hacía dónde va la historia al escoger qué desenlace toma. Te indica a qué página debes ir y los finales cambian de acuerdo a tus preferencias. Alternaba mis espacios sin colecciones leyendo literatura universal, que por cierto era parte del plan lector en el colegio. La Divina Comedia me escogió a mí y no al revés. Quedé última en el reparto de libros y ese fue el que me tocó en el curso de Literatura. Cambió mi manera de pensar. También leí historias sobre extraterrestres, vida en otros planetas, viajes interplanetarios y en el tiempo. Todo era material para cuestionarme sobre el mundo real, sobre el futuro, el pasado y mi deseo de poder comprender las razones de por qué el autor había escrito el libro, siempre me gusta hacer un perfil del escritor a medida que leo. Cada libro dice algo de su vida personal, sus experiencias y su psicología. Es como hacer un profile basado en las evidencias que tienes.

La Universidad me regaló a Herman Hesse, Richard Bach, al Principito y otros tantos. Libros y autores que derribaron mis estructuras mentales. Me guiaron a desaprender, reaprender y construirme de nuevo. Para aquel entonces ya había leído los anales completos de casos penales y los juicios que les siguieron en las revistas jurídicas que recibía mi papi. Todas las series completas de CSI, Criminal Minds y otras se quedan chiquitas frente a los casos reales que yo leí. Al llegar a los 18 ya estaba convencida que la mente humana puede ser un lugar muy siniestro y macabro o bien puede ser una fuente inagotable de creatividad.

Poder leer en inglés fue cómo volver a ser niña. Comprender a un autor en su idioma natal es otra cosa. Empecé de nuevo con ficción. Philip Pullman me conquistó con sus mundos paralelos y su punto de vista tan incisivo sobre la libertad. Volví a leer algunos clásicos pero esta vez en inglés. El fantasma de Canterville me hizo llorar y los cuentos de Allan Poe fueron geniales. He leído de todo, libros que toman tiempo digerir y libros que son como la comida rápida, son ricos, llenan pero no nutren. Divierten y se consumen solo de vez en cuando.

Mis hijos han sido un deleite único. Supongo que verme leer causó el mismo efecto en ellos, que mi padre en mí. Leí todos los planes lectores que les tocó y cada viaje a Lima era visita obligada a conseguir libros. Creo que lo más extremo que me ha pasado con ellos es escucharles decir “ma,  tenemos hambre, llevas horas leyendo, ¿nos cocinas algo?” 
He disfrutado las tardes de lluvia cuando al no poder salir a corretear, leían. Son un recuerdo maravilloso, los libros, mi taza de café y nosotros. Una razón más para amar la lluvia.
Mi hijo y yo compartimos la afición por libros “raritos”, de esos que lees y te sacuden la mente por completo. Me fascina que él me recomiende algún libro. Sé que tengo que leerlo.  Mi hija y yo hemos leído historias de mujeres en diferentes situaciones y a cuál más motivadora, recuerdo una en particular que me dejó el alma de madre medio rota, “Nunca Olvides que te Amo”. Ella siempre me ha dado autores que me sensibilizan y me dan la oportunidad de encontrarme con mis emociones. Mi hijo me da libros que retan mi mente.

El internet es un cambio más en mi relación con la lectura. Así como leer en otro idioma, navegar la web es embriagador y a veces uno puede perder el rumbo. No importa la edad que se tenga, hay que tener una buena ancla si se quiere volver a puerto seguro. Ahora leo muchos textos sobre ciencia y descubrimientos, sobre pedagogía, cosas raritas que parecen buscarme y llegan ante mis ojos. También alterno con lectura más extensa y le sigo el paso a Dan Brown. Me encanta la manera en la que enlaza hechos reales en historias irreales. Quien no puede distinguir ese pequeño detalle termina todo enredado creyendo lo que no es porque te habla de algo que sí es.

Leo mucho sobre lo que pasa en el mundo, en otras culturas, en otros mundos diferentes al mío. Aprendo a cada instante con seres humanos que no conozco pero a los que leo en las redes y me enriquecen como persona. Este siglo es maravilloso, me estremece hacerme consciente que nunca tendré el tiempo suficiente para leer todo lo que quiero en esta existencia.

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