Sunday, September 17, 2017

Pan, Queso y café.


Sorbito a sorbito, girando la taza entre mis manos y aspirando su aroma lentamente.

Así es cómo bebo café.

Todo aquel que me conoce sabe que no vivo sin él. Lo bebo . . .
-          Para calentarme el cuerpo y el alma.
-          Cuando tengo que calmarme la sed.
-          Cada vez que tengo frio.
-          Acompañando a un buen libro, acurrucada en mi rincón favorito.
-          Definitivamente cómo testigo de los amores de mi vida.

Mis primeros recuerdos de “el negrito” empiezan más o menos cuando yo aún usaba biberón.

¡¿Qué cosa?!

Si. Así como lo oyen. Debo ser la única que supo de café antes que de jugos o mazamorritas.

Para mí, beber café es como beber agua y cómo respirar aire. No hay día que la cafetera de loza se quede sin trabajo.

Pero, ¿cómo empezó todo?
Por aquel entonces vivíamos en Chiquián, pequeño pueblo a cuatro horas de Huaraz.
Un lugar maravilloso del cual tengo memorias sensoriales increíbles.
Los colores del cielo eran alucinantes. Las retamas de amarillo intenso marcaron mi gusto por el color que siempre busco en las flores.
En la cocina, por las tardes y siempre con risas, disfrutaba del aroma del cafecito recién pasado. Mi madre siguió al pie de la letra una receta italiana. “Si los niños son muy llorones, denles café”. No es que yo fuera llorona. Supongo que para ella era una medida preventiva – y al mismo tiempo un buen pretexto para tomarse una tacita más junto a los amigos sin tener que prestarme mucha atención.

Si bebes café, lo acompañas de pan. En eso, también tuve el mejor inicio.
Cada visita al horno de Doña María, me regalaba el olor único de pan calientito saliendo en la pala. Mi oído se entretenía con la leña de eucalipto crujiendo dentro y mis ojos adoran desde entonces el rojo - naranja del fuego.
¿Alguna vez se han acercado a la entrada de un horno de leña?
El calor se percibe desde lejos. Puedes pararte tan cerca como quieras hasta que sientas que los ojos y toda tu cara te queman. Pero si lo prefieres te colocas más distante para dejar que te acaricie la piel.
Chiquián es siempre frio. No importa que mes del año sea. Puedes estar seguro que se te pondrá la piel de gallina al salir de la cama o cada vez que tienes que meter las manos en el agua.

Ese pueblo es famoso por sus productos lácteos. Cada visita al mercado era una aventura total. El sabor delicioso de los quesos que solía pellizcar a mi paso, aun lo tengo en mi lengua. Pobre mi mamá, pagaba extra por mis fechorías, no sin antes ofrecer sus más sentidas disculpas a la vendedora y lanzarme su mirada “en la casa hablamos”.

Las noches de fines de semana se llenaban de la dulce voz de mi papi cantando el vals Nube Gris. Teníamos reus en la casa, con guitarras y palmas, con más café, más queso, más pan y más risas. Pensar en café es pensar en amistad. Pan con queso significa alegría.

Y también mi primer “befo” lo tuve en el jardincito gracias a que teníamos el mismo gusto por la comida. Mi amiguito adoraba el pan tanto como yo. Nuestras meriendas siempre tenían “tanta con quesito”. Él tenía una manera muy peculiar de mostrarme su cariño. Buscaba grillos y les sacaba las patas. Se sorprenderán de saber que tienen una cosa húmeda y pegajosita que les sale. No hay mejor remedio para la “pispa” que ponerse esa “crema natural” en las manos.

A Chiquián se le conoce como “espejito del cielo”, es cierto. Allí puedes vivir como si estuvieras en un paraíso. Mi paladar disfrutó de delicias dignas de los dioses.
Mi gusto por la comida no es extenso. No hay mucho que me atraiga, pero de algo pueden estar seguros: si vienen a casa, siempre habrá pan, queso y café. Por lógica también una amiga dispuesta a escuchar, a reír, a llorar o a salir con uds. para conquistar el mundo.
No me inviten a cenar cosas complicadas. ¿Me quieren hacer sentir especial? Ya saben que traer.

Fotos tomadas de
bolognesino.files.wordpress.com
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peru24x7.com/quesochiquian

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