Asumo
que con los años las personas vamos acumulando memorias y episodios que de
pronto vienen como una oleada y salen en una conversación con esa personita
especial. Un buen día te encuentras con la frase “deberías escribir eso, es
interesante”.
Entonces,
estos son 13 aprendizajes de mi niñez - adolescencia. Es una manera de mostrar quién soy ahora, producto de esos momentos gratos e ingratos. También es una estrategia
para guardar por escrito lo que la mente olvida con el tiempo. Quizá resulta
que alguno de ustedes también vivió cosas parecidas. Me encantaría leer sus versiones.
Tendrá
dos partes. Me gusta guardar algo
para después.
PARTE
UNO:
1.
Crema de patita de grillo.
Lección: Gentileza ecoamigable.
Vivía en Chiquián, provincia de Bolognesi. Ancash. Tendría
tres años tal vez. Mi amiguito del inicial y primer crush me ponía crema de
patita de grillo en las manos.
Ustedes han de saber que con el frío que hace allá, la
piel se cuartea y está toda “pisposa”. No tengo la menor idea de dónde sacó
la receta. Yo creo que él se la inventó.
Atrapaba grillos, les sacaba las patitas y una especie
de gel salía de allí. Ese valioso ingrediente era lo que mi amiguito frotaba en
mis manos.
No recuerdo si funcionaba o no, pero de hecho que la
impresión de ver al grillo despatirrado y la sensación de humedad en mi piel se
quedaron grabadas.
Fue mi primera experiencia con la gentileza masculina. Todo un halago considerando la edad. Creo que sus
padres eran médicos y puede ser que él tuviera espíritu de científico. Me usó de
conejillo de indias y me dio una historia que contar.
2.
Puedes usar tu boca para otras cosas.
Lección: Practicidad y
genialidad.
Una de las mejores aventuras durante mis años de scout
en la tropa 315 de San Antonio. Estábamos de campamento y la prueba consistía
en transportar la mayor cantidad de agua desde el río hasta los baldes que
distaban más de 50 metros.
La idea era usar tu creatividad pero no así elementos
externos a tu cuerpo.
Lo primero, por lógica, fue pensar en manos pero
pronto nos dimos cuenta que el agua se filtraba muy rápido.
Fue a una amiga de la patrulla que se le ocurrió usar
nuestras bocas como medio de almacenamiento.
Me pareció la idea más loca y divertida. Jamás se me
ocurrió pensar que hacerlo podría producirnos una tifoidea, adquirir parásitos
o algo así.
Todo lo que pensaba era en ganar esa competencia
porque éramos la patrulla Cobras y podíamos hacerlo.
Recuerdo la cara de asco y asombro de nuestros jefes
de tropa al ver llegar a toda la patrulla y literalmente escupir agua en el
balde una y otra y otra vez.
Ganamos!
3.
Un pato gordo y un gallo muy creído.
Lección: Paciencia y maña.
Siempre tuvimos animales en casa. Mis recuerdos están
plagados de memorias con ellos.
Hubo una época en que tuvimos un pato gordo y un gallo
pretencioso. El pobre pato era presa de los continuos ataques del gallo, cuyos picotazos soportaba estoicamente. Siempre teníamos que correr en su auxilio. Jamás pensé que él podría darle la lección de su vida
al gallo pretencioso y de paso a mí.
Una buena tarde el gallo estaba en plena golpiza
cuando el pato logró cogerlo del cuello, lo obligó a poner la cabeza en el
suelo y con rapidez montó sobre el gallo.
Si no hubiéramos salido a ayudarlo seguramente moría
asfixiado.
Desde ese día el gallo se cuidó bien de acercarse al
pato gordo.
Eventualmente ambos terminaron en la olla. Muy ricos
ambos.
4.
Una bala en el jardín.
Lección: Pensar dos veces y usar
el conocimiento previo.
Era un día cualquiera en nuestra casa. Estaba en primaria.
Mi hermana y yo nos habíamos quedado en casa y estábamos ayudando a Fortu a sacar
las malas hierbas del jardín delantero. De pronto ella encontró algo extraño, nos los mostró y
las tres no salíamos del asombro. Ese objeto en su mano era una bala. Grande en mi
opinión.
Había visto balas en la tele, en las películas, así
que no había duda. Eso era un proyectil. El detalle es que a Fortu, no sé por qué extraña razón,
se le metió en la cabeza que quería darle con el martillo para sacar lo que
había dentro.
Algo en mi interior gritaba: “noooooo, eso tiene
pólvora; la pólvora explota, eso mata”. En algún lado había leído cosas como
esa.
Estuvimos un largo rato en el tira y jala en mi intento
de persuadirla explicándole el peligro. Incluso trajo el martillo pero yo
seguía insistiendo que no era la mejor idea.
Recuerdo la adrenalina y mi corazón acelerado pensando
en que volaríamos en mil pedazos y aun cuando mi hermanita y yo nos
escondiéramos, Fortu saldría lastimada. No podía permitirle que lo hiciera.
Finalmente llegaron mis papás y se quedaron con la
bala no sin antes explicarnos que ese tipo de objetos no se manipulan.
Esa noche la escena se repetía una y otra vez en mi
cabeza; me decía a mí misma que fue una suerte que una mujer adulta hubiera
hecho caso a una niña y lo bueno que era recordar información leída.
5.
El dolor es de color negro.
Lección: Autocontrol
Sultán. Así se llamaba el perro que casi se come mi
brazo. Lo peor era que ese pastor alemán era nuestro.
Fue un confuso incidente en que el pobre animal solo
fue víctima de las circunstancias y yo demasiado confiada. Una niña de 8 años
no imagina que su mascota podría atacarla.
El brazo izquierdo lo tenía mordido desde la altura
donde te ponen las vacunas hasta el dorso de la mano. Vi sus dientes clavarse
varias veces y escuché sus gruñidos. Pasó en un destello. Luego todo era ardor y gritos.
Mi tío me llevó casi en peso desde el parque hasta la
casa, subimos al segundo piso, me metió al baño y cerró la puerta con llave
mientras mi mami gritaba desesperada del otro lado.
Él me dijo, “va a doler pero es necesario, tienes que
ser valiente” Y tomó el jabón y me lavó todo el brazo.
Él era dentista y sabía lo que hacía. Yo lloraba
porque el dolor era insoportable, veía la sangre que corría con el agua.
Yo estaba en shock, me temblaba el cuerpo. No sé
cuánto tiempo ni cómo terminó de curarme.
Lo que sí recuerdo es que los días siguientes fueron
duros. Para la primera curación, mi tía
Ángela se sentó a mi lado. Me dijo “mira Diana, tienes que aceptar el dolor. No
pelees contra él. Cierra los ojos, imagina que es una mancha. Luego lo tienes
que sentir, mídelo. Cuando sepas qué tan grande es, imagina que lo doblas.
Hazlo una y otra vez, hasta que ya lo puedas soportar. Solo tú puedes”.
Cerré los ojos y lo que vi fue una gran mancha negra
en mi mente. Inmensa. Me dio miedo y me sentí cobarde.
Poco a poco me curaron y yo luché con la mancha negra,
doblándola una y otra vez mientras me lavaban el brazo y lo desinfectaban. Con cada
día, la mancha se doblaba más fácilmente. El miedo al dolor fue desapareciendo
poco a poco.
Fue una gran terapia y me ha servido mucho desde
entonces.
6.
La ley del hielo.
Lección: No caes bien a todos y eso
no te mata.
Esa mañana llegué al cole como siempre con muchas
ganas de conversar con mis amigas y contarnos los detalles del fin de semana.
Cuando tu vida social se limita a fiestas de cumpleaños de tarde y no hay Facebook,
tienes que esperar horas para el cotilleo.
Cosa rara, ellas no estaban muy comunicativas.
La clase comenzó y ninguna me hablaba. Empecé a
preguntarme qué pasaba. Repasé en mi mente el día anterior y el anterior y no
encontré algo que pudiera decir que estuvieran resentidas conmigo. Una y otra vez
intenté hacerles conversación pero la misma actitud. Silencio.
Para el final del día ya me sentía muy mal. No sabía
qué había hecho ni por qué me castigaban así.
Pedí permiso para ir al baño y salí corriendo.
Recuerdo que me quedé llorando con la espalda recargada en la pared.
Entonces vino mi amiga y lo que hablamos me dejó
un sentimiento de desasosiego, muchas preguntas y sobre todo una gran lección.
Primero se disculpó y luego me explicó que en la
fiesta matiné del sábado, una de las niñas había circulado cierta información
sobre mí y que las había convencido que yo no era buena influencia. Nunca pensé
serlo, honestamente. Y aunque siempre me consideraron la rarita del grupo, tampoco
entiendo cómo una niña tan chica podía inventar semejantes cosas y que ellas le
creyeran. El detalle es que todas lo hicieron, no verificaron la información y
solamente se limitaron a seguir sus instrucciones. Diana no sería más miembro
del grupo.
Me juzgaron, me sentenciaron y ni siquiera me dieron
opción a descargo. Simplemente dejaron de hablarme.
Pasé mucho tiempo pensando por qué esa niña en
particular no gustaba de mí.
Resulta que nuestras diferencias duraron toda la primaria
y la secundaria. Nunca supe por qué yo no le caía bien.
Bueno pues, no todos sintonizan con nosotros y algunos
pueden ser muy crueles para hacértelo saber. Te duele, luego lo asumes y
continúas.
También aprendí que un chisme puede hacer que las
personas, aun cuando te conocen, actúen como borregos sin pensar. Eso golpea
más, pero también se supera.
7.
Muchas bombas en una noche.
Lección: Los buenos y los malos
son solo dos caras de una misma moneda
Cuando había un apagón, sentía un vacío en el
estómago. Lo primero que pensaba era en mi mami, parada en la puerta con la
linterna, esperando angustiada. Era la época del terrorismo. La ciudad era tierra de
nadie. El MRTA hacía lo que quería.
Nos limitábamos a recoger nuestras cosas, salir de la
universidad en grupo y tratar de llegar a la calle donde caminabas apurado con
el grupo, siempre mirando que no llegara la batida porque se cargaban a tus
amigos varones y luego los mandaban al ejército.
Tratábamos de ir de prisa por la calle principal donde
había más carros y se alumbraba mejor el camino.
Ese día en particular, luego de cenar con velas y
acostarnos, empezaron las bombas. Unas más cerca, otras más lejos. Yo conté 40
explosiones. Quizás el miedo me hizo calcular mal. Mi mami nos dijo que
rezáramos.
Para esos días varias personas que conocíamos ya
habían sido asesinadas, dos vecinos enfrentaron el terror con explosivos en sus
puertas.
Mi hermana caminaba saliendo de su clase de derecho y
a una cuadra, su profesor fue muerto de un tiro en la cabeza.
No se podía confiar en nadie. Tus compañeros y tu
entorno podían ser parte del grupo terrorista o parte del servicio de
inteligencia.
Nada se podía hablar. Siempre tuve la sensación de
estar en el medio. De ambos lados se vivía el abuso.
Si se llevaban a nuestros amigos al cuartel, sus
pobres madres estaban rogando a los militares para que los suelten. Les exigían
pagos y cosas.
Si era una incursión, la cosa iba peor.
Un paro armado era realmente un paro. Si alguien
desobedecía, amanecía muerto.
Después de esa noche, la ciudad olía a pólvora. Tengo grabado
el olor.
Nadie quiere ser el primero en salir. Sin
electricidad, no hay radio. En provincia no teníamos la cantidad de teléfonos fijos que
existen ahora. Solo esperabas a que el día fuera pasando.