Monday, September 18, 2017

Cicatrices

        
           ¿Te dolió? Preguntó con su vocecita cantarina.
Me sorprendió la pregunta. Tardé unos segundos en darme cuenta que, mientras yo terminaba de secarlo, él estaba observando mi cuerpo.
Llevaba puesta solo mi ropa interior, por lo que él había notado las marcas a ambos lados de mi vientre.

-          ¿Te arañó el gato? Volvió a interrogar.
Esta vez pasó sus deditos sobre las marcas y luego de un silencio, concluyó que no era posible que fueran producto de alguna lucha con el felino.

¿Qué crees que son? Le pregunté.
Siempre he usado la técnica del pin-pon cuando necesito tiempo para responder. De este modo puedo conocer qué es lo que mi interlocutor maneja del tema y me da tiempo para organizar mis ideas.

-          Parece que aquí se te arrugó la barriga. Ma.
Me hizo gracia. Efectivamente, a primera vista es como si a ambos lados de mi vientre, mi piel se hubiera arrugado en líneas verticales.

      Se llaman estrías, empecé a explicar.

Hice una pequeña reseña de cómo, justo faltando una semana para que él naciera, una mañana pasé los dedos por los costados de mi barriga y noté las hendiduras.
Y es que mi vientre de 39 semanas de embarazo había crecido tanto que era un enorme balón. La picazón que sentía cuando mi piel, literalmente ya no daba más en su afán de estirarse era ¡I N S O P O R T A B L E!

Ni los consejos de mi mamá, tías, abuelas, amigas, vecinas o de mi médico diciendo “NO TE RASQUES O TE SALDRÁN ESTRIAS”, pudieron evitar que lo hiciera.

¡Qué placer!

¡Qué alivio!
-          
       Ah, es como cuando tú me decías que no me rasque la varicela. ¿ya ves que no se puede aguantar la picazón?

Sebas me regresó a la realidad mientras yo embobada disfrutaba del recuerdo. Mi pequeño, con sus 5 años, hacía uso del conocimiento previo y me demostraba que había entendido a la perfección.

¡Exactamente! Así se siente. Repliqué.

-          Entonces estas “estrías” no te hicieron llorar. Porque a mi si me dolió cuando me resbalé del árbol y me quedó esto en la frente. ¿Ves? ¿Aquí?

Estampé un beso en su marca. Mi niño travieso y arriesgado, me acababa de enseñar que en la vida no todas las cicatrices están relacionadas con el dolor o un evento fallido.
Caí en cuenta que tengo marcas producto de albergar a mis hijos en el vientre. Meses bellos de espera e ilusión.

Ese tiempo me transformó y enseñó a amar aun antes de ver con mis ojos al ser amado. Una lección que agradezco, pues me permite aproximarme a los demás para conectar con su esencia y su alma sin quedarme solo en lo físico.

Ser mamá me ha dejado cicatrices en el cuerpo, la mente y el alma. Mis estrías las llevo con orgullo. Me gustan. Me recuerdan quien soy y a quienes ayudé a llegar a este mundo.


¿Y tú? ¿Qué cicatrices tienes?



foto tomada de lamenteemeravigliosa.it

Sunday, September 17, 2017

Pan, Queso y café.


Sorbito a sorbito, girando la taza entre mis manos y aspirando su aroma lentamente.

Así es cómo bebo café.

Todo aquel que me conoce sabe que no vivo sin él. Lo bebo . . .
-          Para calentarme el cuerpo y el alma.
-          Cuando tengo que calmarme la sed.
-          Cada vez que tengo frio.
-          Acompañando a un buen libro, acurrucada en mi rincón favorito.
-          Definitivamente cómo testigo de los amores de mi vida.

Mis primeros recuerdos de “el negrito” empiezan más o menos cuando yo aún usaba biberón.

¡¿Qué cosa?!

Si. Así como lo oyen. Debo ser la única que supo de café antes que de jugos o mazamorritas.

Para mí, beber café es como beber agua y cómo respirar aire. No hay día que la cafetera de loza se quede sin trabajo.

Pero, ¿cómo empezó todo?
Por aquel entonces vivíamos en Chiquián, pequeño pueblo a cuatro horas de Huaraz.
Un lugar maravilloso del cual tengo memorias sensoriales increíbles.
Los colores del cielo eran alucinantes. Las retamas de amarillo intenso marcaron mi gusto por el color que siempre busco en las flores.
En la cocina, por las tardes y siempre con risas, disfrutaba del aroma del cafecito recién pasado. Mi madre siguió al pie de la letra una receta italiana. “Si los niños son muy llorones, denles café”. No es que yo fuera llorona. Supongo que para ella era una medida preventiva – y al mismo tiempo un buen pretexto para tomarse una tacita más junto a los amigos sin tener que prestarme mucha atención.

Si bebes café, lo acompañas de pan. En eso, también tuve el mejor inicio.
Cada visita al horno de Doña María, me regalaba el olor único de pan calientito saliendo en la pala. Mi oído se entretenía con la leña de eucalipto crujiendo dentro y mis ojos adoran desde entonces el rojo - naranja del fuego.
¿Alguna vez se han acercado a la entrada de un horno de leña?
El calor se percibe desde lejos. Puedes pararte tan cerca como quieras hasta que sientas que los ojos y toda tu cara te queman. Pero si lo prefieres te colocas más distante para dejar que te acaricie la piel.
Chiquián es siempre frio. No importa que mes del año sea. Puedes estar seguro que se te pondrá la piel de gallina al salir de la cama o cada vez que tienes que meter las manos en el agua.

Ese pueblo es famoso por sus productos lácteos. Cada visita al mercado era una aventura total. El sabor delicioso de los quesos que solía pellizcar a mi paso, aun lo tengo en mi lengua. Pobre mi mamá, pagaba extra por mis fechorías, no sin antes ofrecer sus más sentidas disculpas a la vendedora y lanzarme su mirada “en la casa hablamos”.

Las noches de fines de semana se llenaban de la dulce voz de mi papi cantando el vals Nube Gris. Teníamos reus en la casa, con guitarras y palmas, con más café, más queso, más pan y más risas. Pensar en café es pensar en amistad. Pan con queso significa alegría.

Y también mi primer “befo” lo tuve en el jardincito gracias a que teníamos el mismo gusto por la comida. Mi amiguito adoraba el pan tanto como yo. Nuestras meriendas siempre tenían “tanta con quesito”. Él tenía una manera muy peculiar de mostrarme su cariño. Buscaba grillos y les sacaba las patas. Se sorprenderán de saber que tienen una cosa húmeda y pegajosita que les sale. No hay mejor remedio para la “pispa” que ponerse esa “crema natural” en las manos.

A Chiquián se le conoce como “espejito del cielo”, es cierto. Allí puedes vivir como si estuvieras en un paraíso. Mi paladar disfrutó de delicias dignas de los dioses.
Mi gusto por la comida no es extenso. No hay mucho que me atraiga, pero de algo pueden estar seguros: si vienen a casa, siempre habrá pan, queso y café. Por lógica también una amiga dispuesta a escuchar, a reír, a llorar o a salir con uds. para conquistar el mundo.
No me inviten a cenar cosas complicadas. ¿Me quieren hacer sentir especial? Ya saben que traer.

Fotos tomadas de
bolognesino.files.wordpress.com
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peru24x7.com/quesochiquian
Ir en Combi instruye.
Whaaaat???

Que sí.
                        Viajar en combi me ha dejado lecciones para la vida. Puede que otros piensen diferente, pero es mi opinión luego de años usando el servicio en mi querido Huaraz.

Una combi es ese vehículo que en otros lugares le dicen minivan. Tiene puertas corredizas a ambos lados y en promedio 12 asientos, contando los dos de adelante.

En Perú, la mala fama de este medio de transporte le ha llevado a ser bautizada como “asesina” y es que la cantidad de accidentes en los que las combis han sido responsables, es estratosférica.

Yo solía tomar combi cuando vivía en la sierra. Para ir al trabajo, al mercado, al colegio de mis hijos y a visitar el Callejón de Huaylas.

En todos esos viajes me detenía a observar y aprender. He visto que las personas que viajan en combi se sienten todas como hermanadas por su realidad. Es frecuente verlas gastarse bromas con el cobrador o el chofer. Sube alguien con muchos bultos y niños y todos se arriman, o como dice el ayudante “apéguense” y no falta alguien que añade “en el camino se arregla la carga” para que entre risas, reclamos y murmullos todos nos volvemos a acomodar y listo. Donde entran 12, entran 30.

Recuerdo haber escuchado más de una vez algo que me parece una manera sarcástica y divertida de pinchar el globo de algún pasajero o usuaria que se alucina pudiente y expresa su descontento porque sigue subiendo gente y ya no queda espacio ni para un alfiler. Ante el reclamo airado, el chofer levanta la voz y dice
“ya, ya no se diga más …
                        Oe, haz pasar al segundo piso pe”

Es una manera rápida y cruel de decirle a los pasajeros que se ubiquen, que este sistema es así. Se gana de la cantidad. Cuantos más entren, más dinero se lleva a casa. Además, más te quejas, más nos demoramos y por lo tanto todos pierden.
También sirve para recordarnos que si nuestra situación económica fuera diferente, estaríamos en un taxi o manejando nuestro propio auto. Por lo tanto, a mal tiempo, buena cara. “dónde entran 12 pueden entrar 30”

En la combi he escuchado recetas de comida, de medicina tradicional así como de pócimas raras para sacar maleficios y limpias.
También he recibido consejos de economía, religión y gestión del hogar.
Ni que decir de ponerme al día sobre política o las últimas noticias de la farándula.
Si me pongo a pensar, la combi era antes lo que ahora el Facebook. Si no tenías tiempo de chequear los medios de comunicación oficiales, pues en el viaje al trabajo te resumían lo ocurrido en el barrio, el distrito, la ciudad, el país, el planeta y en la telenovela de moda.

Pero lo que más he aprendido viajando en combi es que somos un pueblo que pese a todo busca siempre hacer las cosas sonriendo. Tenemos un sentido del humor extraño, pero nos ayuda a sobrellevar el peso. Gente que no tiene reparos en contarte en 20 minutos la aventura de su vida o compartirte algún aprendizaje que a ellos les tomó años, es algo para detenerse a meditar.

Dicen que somos una cultura conformista y corrupta. No voy a decir lo contrario, pero si diré que somos capaces de ayudar a otro a cargar a sus niños, estamos dispuestos a ceder un espacio para que los demás se acomoden, a reír en medio de las carencias, a cantar estrepitosamente cuando a veces tenemos mucho porque llorar. Si podemos hacer que dónde entran 12 terminen entrando 30 y así llegar todos a destino, entonces, quizás podemos hacer más.

Puede que lo único que necesitemos, es creer más en nosotros mismos y menos en lo que otros dicen de nosotros.


Foto tomada de la página de ancashnoticias.com