Estoy parada en la avenida para tomar un taxi. Llevo ya una hora de retraso para ir a la reu. No quiero pedir el servicio de taxi con la aplicación. Me digo a mi misma que esta ciudad de locos se merece una oportunidad para creer en la honestidad de su gente.
Se acerca un Yaris negro y recuerdo la cantidad de casos en los periódicos mencionando al yaris negro. ¡Paso!
Además el conductor es muy joven. No me da confianza.
Luego un auto gris. Se ve moderno, limpio y nuevamente veo la cara del conductor. “Ay Diana tu sí que eres una prejuiciosa” dice la voz en mi cabeza. ¿Cómo puedo juzgar la honestidad de alguien solo mirando su cara? A mí no me gustaría que hicieran eso conmigo. Pero por si las moscas, ¡paso!

De pronto veo este tico amarillo, viejo y medio destartalado. Me hace gracia. Pienso “vaya que todavía rueda”. Se detiene y miro al conductor. Es como de “muchos y no le calculo” años. Muy delgado, tanto que la piel se le pega a los huesos. Poco cabello y pareciera que ha sido bronceado permanentemente por el sol. Seguramente si mis amix lo vieran dirían que salga huyendo, pero hay algo en su mirada. Tiene un brillo que no suelo encontrar en los seres humanos. Sólo por eso me acerco y le digo a donde quiero ir. Negociamos y me subo al asiento de atrás.
Por lo general me gusta ir adelante, pero no sé, algo me dice que mejor atrás.
Mientras hacíamos la negociación un energúmeno en su camioneta nos tocaba el claxon como histérico. No entiendo por qué tanto lío, al final de cuentas había dos carriles más para que pasara. Nosotros estábamos haciendo uso del área para taxis. Si él se metió allí, su problema.
Una vez dentro del tico, el taxista expresa su malestar por el ruido. Me mira por el espejo retrovisor y me pregunta “¿Ud. entiende a ese loco?”
Algo que debo mencionar es que me encanta conversar con los taxistas, es una especie de necesidad. Las mejores historias las he escuchado en mis viajes por la ciudad.
Esta vez no pienso desaprovechar la oportunidad y ya que él inicia la conversación le digo que el loco de atrás inevitablemente va a perder su hígado a la larga.
Él se ríe y me dice que tengo razón. Entonces mientras maniobra y saca su tico de la fila, empieza su historia.
Yo más que fascinada, me acomodo bien y sonrío. Voy a tener un viaje interesante.
Cuando voy al volante practico un consejo que me dió el amigo que me enseñó a conducir. Él dijo “Diana, tú maneja a tu ritmo. No te asustes ni te enojes si te tocan el claxon. El de atrás tiene que esperarte y por último si quiere pasar, ya verá por dónde. Tú, tranquila”
Eso me ha llevado a descubrir que cuando manejas y estás metido en una buena conversa, nada te puede estresar. Te ríes, sigues un tema, estás en otra. El tráfico deja de ser tan molesto.
Así que, aquí voy con mi taxista. Miro el espejo retrovisor una vez más y lo veo reír. Es buena señal. La historia se perfila graciosa.
“Soy taxista desde que tenía 24” me dice.
“WOW! Ud. debe conocer esta ciudad como la palma de su mano” digo yo.
El replica que conoce casi toda la ciudad y hace un énfasis en la voz en la parte de CASI.
Me cuenta que hay lugares que no conoce, sobre todo las nuevas urbanizaciones porque la capital sigue creciendo.
“Mire que llegué al médico por no saber manejar mi cólera. Yo renegaba con cuanto idiota, disculpe la palabra, se me cruzaba delante. Hasta a las manos me fui cuando me metían el carro. Le gritaba a todo el mundo. Y me puse mal. El médico de entrada viendo mi resultado de exámenes, me dijo que segurito era taxista. ¿Qué tal?”
Una vez más nos encontramos en el espejo y sonríe de nuevo. Sus ojos tienen ese brillo de la gente que es sencilla y agradable. Le pregunto que cómo hizo para salir de ese estado.
“Me puse firme, me dije a mi mismo que si seguía en ese plan me iba pronto a la otra y yo tengo hijos verá ud. Así que trataba de analizar las cosas. Gritaba, pero luego me daba cuenta de que estaba mal.
Yo reconozco, le he gritado a las mujeres la típica frase esa de - mejor vete a tu casa a cocinar que para manejar no sirves - Me mostraban el dedo, me decían de todo.
Luego me sentía mal, yo también tengo mujer, pensaba."
"Poco a poco me fui calmando y ¿sabe qué señorita? Dios me ayudó en eso. A veces algún abusivo se metía y me ganaba. Me tenía que quedar esperando la luz roja. Renegaba, que me llevaba el diablo la cólera. Es que a mí no me gusta perder pues. Soy picón, lo acepto.”
Vuelve a reír por el espejo, recordando supongo la emoción que sentía en esas experiencias y su risa me da risa. Su rostro se ilumina. Debe ser un buen papá pienso. Es alegre en la dificultad y ha aprendido a sacar ventaja de la vida. Debe tener muchos años. Eso es experiencia!
El continúa: “Una vez, me cerraron el paso y me quedé en el semáforo. Echando chispas estaba. Contando los segundos a ver si podía alcanzar al desgraciado, disculpe de nuevo la expresión pero de verdad que da cólera, en eso avanzo al cambio de luz y qué cree, a dos cuadras veo que se había chocado. Me quedé frío!
Pensé, pude ser yo. ¿Y mis hijos? Dios me enseñó de golpe a ser paciente y que si tengo que esperar, pues tengo que hacerlo. Por algo será.”
Estoy pensando, qué increíble es este viaje. Escucho a alguien que también le ha tocado experimentar a mi amigo Dios en sus lecciones de shock.
Me doy cuenta que ya hemos avanzado medio camino y en hora punta. No nos hemos estresado ni él ni yo. Magia esto de conversar y concentrarse en algo diferente.
El señor continua con su historia, “pero no es sólo Dios, yo sé que mi finadita hace su chamba. Ella intercede por mí. Segurito le anda pidiendo a Dios que cuide a su renegón aquí en la tierra. Ella hasta en eso me ayuda. Sabe que nuestros hijos no se pueden quedar solitos.”
Oh! Es viudo. Vaya, sí que debe ser difícil ser padre y madre. Doble mérito el de este hombre.
¿Y cuántos hijos tiene? Le pregunto. ¿Ya grandes?
“Bueno, más o menos. Tienen 12, 14 y 16. Por ellos he aprendido a controlarme. Ellos me necesitan. No puedo faltarles.
Hoy en día están a merced de cualquier cosa. La tele, la radio, el internet, todo da mal ejemplo. Qué sería de mis hijos si yo falto.
Tampoco digo que yo haga todo solito. Mi hermana me ayuda. Sin ella no la haría. Pero verá señorita, todo lo que pasa ahora en nuestro país es por falta de buena educación, de valores y padres firmes. Antes mi mamá de un solo lapo me ponía en mi sitio.
Es que yo he sido terrible!”
Y vuelve a reír con ganas. Seguro que tuvo una niñez llena de anécdotas. Me ha dicho también que la pasó muy dura cuando su padre los abandonó. Él valora mucho el sacrificio de su mamá para sacarlos adelante y la ayuda de su abuelo, quien lo correteaba con la escoba cuando se escapaba a jugar con los vecinos.
También me contó que a sus hijos los cría con cierta rigurosidad, que no les da todo a manos llenas porque los hijos se tienen que ganar las cosas. Si la vida es muy fácil, entonces se malcría en lugar de enseñar. Eso dice. Además, él tiene memoria de haber pasado hambre y miseria de chico, por eso quiere lo mejor para sus hijos, pero que se lo ganen. Nada cae del cielo.
De rato en rato miramos ambos al espejo y sigo viendo sus ojos y su sonrisa. Qué señor para más gracioso. Me hace reír. Así debería ser la gente. Disfrutar la labor que hace y dejar de renegar y quejarse tanto. Total, nadie nos obliga a seguir en lo que no nos gusta, ¿no creen?
Y ya casi vamos llegando a mi destino, pero el taxista sigue contándome su historia.
Después de reír unos segundos me dice “¿sabe que por pata de perro, salí una vez en la portada del periódico? Esa vez mi mamá me dio duro. Ja, ja, ja.
Yo vivía en el centro de Lima y con los amigos nos íbamos a jugar pelota a espaldas de la facultad de San Fernando. Era la época del terrorismo. Los estudiantes salían a hacer sus marchas. Se peleaban con la policía. Era fuerte.
Un día empezó la bronca y nosotros pa´ qué esperar. Nos fuimos a hacer bulto a la protesta.
Me saqué el polo y me lo amarré a la cabeza, me puse un pañuelo tapándome la cara. Igualito que los estudiantes. Me cogí una piedra y un palo que habían tirados y me puse a arengar. Ni sabía qué decía. Levanté ambos brazos y ¡justo me toman la foto!
Al día siguiente, mi mamá me levanta tempranito y me pregunta dónde había estado el día anterior. Yo fresco le dije que había estado pateando pelota.
Ella me estampó el periódico en los ojos. ¡Primera plana!
¿Así, que jugando no? Me dijo mi madre. ¿Y quién es este?
Me agarró con la chancleta. Salí cueteado.
La vecina le fue con el chisme. Ni para negarlo, era yo pe.
Estuve castigado todo el año. Eso era rectitud. Educación, la de antes”
Y ya me tengo que bajar. Me he reído duro con su historia y con la manera peculiar de contarla.
He corroborado que si te divierte tu oficio, el trabajo es sencillo.
Estuve castigado todo el año. Eso era rectitud. Educación, la de antes”
Y ya me tengo que bajar. Me he reído duro con su historia y con la manera peculiar de contarla.
He corroborado que si te divierte tu oficio, el trabajo es sencillo.
Me complace saber que hay otros que piensan como yo. La pinche vida te la puede poner difícil pero depende de cada uno y de la actitud que le pongamos a los eventos. Un día a la vez.
Le pago y le agradezco por la carrera y por su historia. Le digo que voy a contarla y el vuelve a reír y sus ojos a brillar.
Le deseo que le vaya bien y que mi amigo Dios lo siga cuidando. Él responde que ojalá todos los pasajeros desearan lo mismo. Y se va alejando.
Le deseo que le vaya bien y que mi amigo Dios lo siga cuidando. Él responde que ojalá todos los pasajeros desearan lo mismo. Y se va alejando.
La voz en mi cabeza dice “Diana, esta historia la tienes que contar”.
imagen tomada de https://1.bp.blogspot.com
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