Tuesday, December 12, 2017

La vida es como una partitura.

Creo que estaba en primero de secundaria cuando le comuniqué a mis papis que quería aprender a tocar el piano.

Al principio mi papá sugirió que mejor fuese la guitarra, pero eso de abrazarse al instrumento y rasgar no es mi estilo.

Yo prefiero deslizar mis manos suavemente o con fuerza sobre el teclado.

El piano, visualmente me enamoró. Sus teclas blancas y negras, agrupadas armónicamente de 7 en 7 me parecieron siempre algo estéticamente balanceado.

Recuerdo que luego de pequeños tira y jala, mis papis, como siempre aceptaron mi pedido. Empecé mis lecciones de piano en el Instituto Nacional de Cultura.

La única sala de estudio para ese instrumento era minúscula para tanto chico. Las clases se daban de tarde. La habitación era casi un cuadrado. El piano apoyado en una de las paredes. Una mesa larga en el centro y sillas a todo el contorno.

Nos sentábamos por orden de llegada y cual cola en el banco, íbamos avanzando una posición a la vez hasta llegar al piano.

Un sistema que en mi forma de ver las cosas, era la manera de probarnos en la paciencia. Sólo aquellos que amábamos la música y el piano tanto como para esperar HORAS por un turno de 20 minutos, continuábamos año tras año.

El tiempo de espera no se desperdiciaba, repasábamos las partituras, con voz muy bajita uno le enseñaba al otro. La imaginación era fértil. Poníamos las manos sobre la mesa e imaginábamos que era el teclado y seguíamos la partitura, llevando el compás y ritmo en la mente.

Los compañeros observaban y corregían las posiciones de los dedos o si una nota se tocaba mal. Ahora que lo pienso, debíamos ser un cuadro ALUCINANTE. ¿Cómo dos cerebros se conectan al punto de IMAGINAR lo mismo, OIR lo mismo y PERCIBIR la misma cadencia?  Trabajo para los psicólogos y neurólogos.

Mi profesor era un ángel. Robusto, corte de cabello a lo militar y una paciencia de SANTO. Hora tras hora enseñando a todos los chamacos y adolescentes que aporreábamos al pobre piano. Su delicadeza era tal que al tocarnos para corregir postura, se sentía una calidez única.

Tenía una batuta con la que nos daba pequeños golpecitos en los dedos cuando errábamos la nota o usábamos el dedo equivocado para tocar la tecla. También nos daba un ligero empujoncito con la batuta en el codo para indicar que se nos estaban colgando los brazos y solía decir “DERECHA” para volver a sentarnos correctamente y evitar dolores posteriores.

De él aprendí sobre perseverancia, paciencia y amor por lo que se hace.
Mis momentos favoritos eran cuando tocábamos a cuatro manos o él me mostraba cómo debería sonar la pieza que yo estaba estudiando. Un deleite para el alma.

La música es matemática. Desde el principio lo tuve claro. Todo está organizado con precisión y exactitud. En música no hay error. La nota es la nota. Es exacta, como las mates.
Si te equivocas en tocar un tono, ya no suena la melodía que quieres. Por lo tanto debes ser preciso, exacto en duración e intensidad también. Eso me educó en la exactitud. En saber decir y hacer las cosas con exactitud. No es fácil aplicarlo al día a día. Aún sigo haciendo el estudio de mi vida en ese aspecto.

Volviendo al piano, había pasado ya un tiempo y yo era capaz de tocar melodías completas, a veces cortas y a veces largas, de varías páginas (a la partitura me refiero). Un buen día descubrí algo ALUCINANTE.

Me percaté que cuando ya había estudiado una pieza lo suficiente y la conocía literalmente de memoria, mis dedos conocían tan bien dónde colocarse que ya no tenía que leer la partitura. Es más, lo raro era que yo me hacía consciente de estar tocando solo al inicio y al final de la melodía. El resto del tiempo estaba en otro mundo, flotando, soñando, disfrutando de mi propia interpretación, sintiendo y vibrando como en el limbo. Al final de cada melodía era una especie de aterrizaje. En buenos términos, podría decir que “yo estaba en pleno viaje” con cada tema. Algunos viajes eran mejores que otros.

Luego de esa observación hice mis propias investigaciones. Siempre lo mismo. Esa experiencia de plenitud se repetía siempre. Me sentía en la gloria.

Luego le siguió otro aprendizaje. Me di cuenta que ni bien empezaba a tocar, mi cerebro procesaba números. Las notas en la escala equiparaban a los números pares e impares. Estos últimos eran mis favoritos. No sé por qué. Nunca lo sabré, pero los números impares me hacían sentir bien.
1, 3, 5, 7.  Do, mi, sol, si.  Una pieza musical se podía escribir con números.

En realidad una partitura es un lenguaje numérico en mi forma de ver la música. Todo está presentado para seguir una secuencia. Hasta es como la geometría si lo miramos bien. El pentagrama con sus líneas y espacios, los pequeños cuadrantes que se van formando, los quebrados usados para indicar el compás, la alineación de las figuras musicales, etc. TODO ES MATEMÁTICA.

La música y la matemática son el lenguaje universal. Una partitura o una función matemática pueden ser leídas por igual en español, inglés, francés, chino o cualquier idioma del mundo. Es el lenguaje del universo.

Pero vamos al piano, tiendo a desvariar – sorry. Mi gusto por el piano era tal que pronto estaba yo en mi casa, sobre la mesa del comedor, alucinando mi propio teclado.

Mi mami se sintió tan conmovida por mi actitud que convenció a mi papi que tenían que comprarme un piano.

Bueno, no uno de verdad. Era uno eléctrico, pero tenía un mueble y un pedal. Aquí entre nos, mi sueño siempre fue tener un piano blanco de cola.
Mi papito invirtió un dinero ahorrado o era un pago por sus años de servicio, no lo recuerdo bien, pero sí sé que no era poco y que mi familia no era de hacer gastos innecesarios. Fue uno de los mejores regalos de mi vida y me sentí muy feliz de poder darle uso en casa.

Mi papi se sentaba en su escritorio a leer y me escuchaba mientras yo practicaba durante horas, antes de un concierto.

Desde allí me guiaba: “vas muy rápido, respeta el compás, nadie te persigue”; “más emoción, suave”; “ya pues vejez, estás tocando o estás aporreando al piano”. Cuando guardaba silencio al yo tocar la última nota, entonces, solo entonces lo sabía. Lo había logrado. La pieza estaba aprendida.

Las horas cuando uno toca, no se sienten, se disfrutan.  A veces me despertaba de mi trance y ya era de noche.

Mis años de secundaria los disfruté al máximo. Colegio durante el día, travesuras y rebeldía del máximo nivel. Desmadres con el grupo scout los fines de semana. Clases extras de todo lo que se me ocurría pedir, libros y salidas a patinar con los amigos todo el tiempo, El club de marinera, la casa y sus quehaceres y mi piano. Mi día empezaba a las 4 am para poder seguir ese ritmo.

El piano me ayudó a llevar mi adolescencia con equilibrio y aprendí lo que nadie puede enseñarte, solo la música: la vida es una partitura. Si la ejecutas bien, sonará como los dioses.

He interpretado diferentes melodías, clásicas y modernas. Pero ésta en particular me gustaba mucho. Se la dedico a mi profesor Silvestre. Así se apellidaba ese hombre que me ayudó a encontrar mi camino con el piano y en la vida.

The Godfather soundtrack.



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