Este año tuve el gusto de estar por segunda vez en Quito – Ecuador. Fue
como sentirme en casa, no sólo porque estuve con la familia compartiendo días
de descanso y turismo sino también debido a que soy serrana y volver a sentir
el aire frío y estar entre cerros es una delicia. La ciudad se ha acomodado a
la geografía y maravillosamente convive con los “arriba y abajo” de las
urbanizaciones que cubren una gran extensión de sur a norte.
Nuevamente al transitar por las vías y los diferentes barrios, disfruté
de mirar los letreros que no tienen que ver con los que estoy acostumbrada. Son
nombres de empresas nacionales y sonreí al ver el cartel de “Pañaleras
Pototín”, me encanta estar en un lugar donde las famosas transnacionales aún no
están metiéndote en los ojos su propaganda. Al menos no en las calles.
En esta visita, volví a ciudad Mitad del Mundo. Es una experiencia única
y divertida. Poner un píe en el hemisferio norte y otro en el sur, hace que uno
se sienta todo un viajero. Me encanta la línea amarilla que divide la ciudad,
dan ganas de saltar de un lado al otro como en el juego de niños de tierra y
mar.
Estar allí es como volver a mi tierra. Es acogedor ver tantas cosas
artesanales y el orgullo con el que muestran su identidad. Los colores son
fascinantes y recorrer el circuito enriquece lo que uno sabe de nuestra propia
cultura peruana.
Siempre llego a la conclusión que nos parecemos mucho, tenemos mucho en
común y si no fuera porque a los humanos se nos dio por andar fragmentando el
planeta con fronteras, quizás seguiríamos siendo una sola gran nación.
De Quito me gusta también que cuando estás en el corazón histórico, es
como caminar en Lima, en La Paz Bolivia y en Cuzco. Definitivamente fuimos
colonia de un mismo rey y nos construyeron con un modelo común.
La primera vez que supe de la historia de Ecuador me llamó mucho la
atención que, en cuanto a su manera de contarla, no se parecía en nada a la
peruana.
Una jovencita con uniforme escolar de unos 16 años era la guía en el
museo. Empezó diciendo que Ecuador, tal y como se concibe, comenzó con el
primer grito de independencia. Antes de eso no era Ecuador. Era algo diferente.
Me quedó grabado en la memoria. Nosotros los peruanos cuando aprendemos
historia nos asumimos de este país desde las pinturas de Lauricocha. Jamás
cuestioné eso, pero en realidad, Perú como república, oficialmente existe
después de 1821. Antes, también era algo muy diferente.
También he aprendido que la historia, los eventos, se cuentan de maneras
diferentes dependiendo del que cuenta. Mismas batallas, diferentes nombres,
diferentes héroes, diferentes intenciones, diferentes aprendizajes.
Y lo más importante, es eso: qué aprendemos de los momentos críticos. Algo
que en Perú aún me pregunto. ¿Qué después de tantas idas y vueltas de nuestra
historia? Lo dejaremos para otro día de tertulia y café.
En mi segunda visita, me quedé impresionadísima al descubrir que en
Ecuador se rinde especial homenaje a las mujeres que lucharon por la
independencia.
En la universidad Andina Simón Bolivar, sede Ecuador, existe un edificio
completo dedicado a ellas. Es una delicia pasear y ver pinturas, leer su
historia, ver los vitrales y que cada área de este lugar, está dedicada a una
mujer que hizo algo único y valiente por la independencia de Ecuador y de
América.
Grande fue mi sorpresa cuando vi que entre las recordadas está nuestra
María Parado de Bellido. Confieso que tuve un poco de remordimiento porque a
decir verdad no he visitado ningún lugar en el que se le rinda tanto homenaje
como el que vi. Espero que después de escribir esto, me llegue un mensaje
diciendo que sí lo hay y me den la pauta para visitarlo.
Les copio la lista de “Las Libertadoras” para que se den el gusto de
googlearlas (me perdonan la palabrota nada castellana) y se enteran de quiénes
fueron y lo que hicieron.
1.
Manuela
Sáenz
2.
María
Parado de Bellido
3.
Luisa
Cáceres de Arísmendi
4.
Rosita
Campuzano
5.
Manuela
Cañizares
6.
Juana
Azurduy de Padilla
7.
Policarpia
Salavarrieta
8.
Fernanda
Barriga
Lo hago con el fin que les lean sus vidas y hazañas a las mujeres de su
familia. Saber que otras se impusieron a las dificultades, no solo de su hogar
sino de todo un sistema político, desde quienes ellas humildemente eran,
empodera.
Si hay algo que disfruto mucho al viajar, es aprender sobre su modo de
interactuar con el mundo. Mi alma se regocija cuando descubro que tenemos tanto
en común y que a partir de allí es que podemos ser una unidad para construir
juntos. Caminar y conversar con la gente, comer su comida, visitar sus lugares
históricos, escuchar su música y sentirse parte de la ciudad, enseña mucho.
El palacio de gobierno como decimos nosotros es también un lugar de encuentro aquí. Turistas y nacionales se dan cita, pero a diferencia de Perú, acá la cantidad de etnias que vienen a pedir una audiencia con el presidente es muchísimo mayor que la que yo haya visto en Lima.
Escuchas diferentes lenguas, ves razas distintas, visten completamente diferente y cada uno tienen su tema urgente en busca de solución. Pero todos tienen algo en común, al igual que en Perú, hay que venir a la capital, al corazón en las montañas para ser escuchado. Aquí también el centralismo genera la diferencia en oportunidades y acceso a una vida de igual calidad que la que se tienen en la gran urbe.
Una vez más siento que no somos tan diferentes y al mismo tiempo me hago consciente que en la diversidad está nuestra fortaleza.
Comparto unas fotos que tomé.










































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