Así es cómo
bebo café.
Todo aquel
que me conoce sabe que no vivo sin él. Lo bebo . . .
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Para calentarme el cuerpo y el alma.
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Cuando tengo que calmarme la sed.
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Cada vez que tengo frio.
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Acompañando a un buen libro,
acurrucada en mi rincón favorito.
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Definitivamente cómo testigo de los
amores de mi vida.
Mis primeros
recuerdos de “el negrito” empiezan más o menos cuando yo aún usaba biberón.
¡¿Qué cosa?!
Si. Así como
lo oyen. Debo ser la única que supo de café antes que de jugos o mazamorritas.
Para mí,
beber café es como beber agua y cómo respirar aire. No hay día que la cafetera
de loza se quede sin trabajo.
Pero, ¿cómo
empezó todo?
Por aquel
entonces vivíamos en Chiquián, pequeño pueblo a cuatro horas de Huaraz.
Un lugar
maravilloso del cual tengo memorias sensoriales increíbles.
Los colores
del cielo eran alucinantes. Las retamas de amarillo intenso marcaron mi gusto
por el color que siempre busco en las flores.
En la cocina,
por las tardes y siempre con risas, disfrutaba del aroma del cafecito recién
pasado. Mi madre siguió al pie de la letra una receta italiana. “Si los niños
son muy llorones, denles café”. No es que yo fuera llorona. Supongo que para ella
era una medida preventiva – y al mismo tiempo un buen pretexto para tomarse una
tacita más junto a los amigos sin tener que prestarme mucha atención.
Si bebes
café, lo acompañas de pan. En eso, también tuve el mejor inicio.
Cada visita
al horno de Doña María, me regalaba el olor único de pan calientito saliendo en
la pala. Mi oído se entretenía con la leña de eucalipto crujiendo dentro y mis
ojos adoran desde entonces el rojo - naranja del fuego.
¿Alguna vez
se han acercado a la entrada de un horno de leña?
El calor se
percibe desde lejos. Puedes pararte tan cerca como quieras hasta que sientas
que los ojos y toda tu cara te queman. Pero si lo prefieres te colocas más
distante para dejar que te acaricie la piel.
Chiquián es siempre
frio. No importa que mes del año sea. Puedes estar seguro que se te pondrá la piel
de gallina al salir de la cama o cada vez que tienes que meter las manos en el
agua.
Ese pueblo es
famoso por sus productos lácteos. Cada visita al mercado era una aventura
total. El sabor delicioso de los quesos que solía pellizcar a mi paso, aun lo
tengo en mi lengua. Pobre mi mamá, pagaba extra por mis fechorías, no sin antes
ofrecer sus más sentidas disculpas a la vendedora y lanzarme su mirada “en la
casa hablamos”.
Las noches de
fines de semana se llenaban de la dulce voz de mi papi cantando el vals Nube
Gris. Teníamos reus en la casa, con guitarras y palmas, con más café, más
queso, más pan y más risas. Pensar en café es pensar en amistad. Pan con queso
significa alegría.
Y también mi primer
“befo” lo tuve en el jardincito gracias a que teníamos el mismo gusto por la
comida. Mi amiguito adoraba el pan tanto como yo. Nuestras meriendas siempre
tenían “tanta con quesito”. Él tenía una manera muy peculiar de mostrarme su
cariño. Buscaba grillos y les sacaba las patas. Se sorprenderán de saber que
tienen una cosa húmeda y pegajosita que les sale. No hay mejor remedio para la
“pispa” que ponerse esa “crema natural” en las manos.
A Chiquián se
le conoce como “espejito del cielo”, es cierto. Allí puedes vivir como si
estuvieras en un paraíso. Mi paladar disfrutó de delicias dignas de los dioses.
Mi gusto por
la comida no es extenso. No hay mucho que me atraiga, pero de algo pueden estar
seguros: si vienen a casa, siempre habrá pan, queso y café. Por lógica también
una amiga dispuesta a escuchar, a reír, a llorar o a salir con uds. para
conquistar el mundo.
No me inviten
a cenar cosas complicadas. ¿Me quieren hacer sentir especial? Ya saben que traer.
Fotos tomadas
de
bolognesino.files.wordpress.com
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peru24x7.com/quesochiquian


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